sábado, 23 de febrero de 2008

Sostiene Pereira. Antonio Tabucchi


Leí “Sostiene Pereira” bastante tarde, en la decimotercera edición de Alfaguara, allá por el 97. Había leído poco de Tabucchi, en concreto un libro de relatos titulado “El Angel negro”, y una joya titulada “Réquiem”, que nos muestra su enamoramiento de Lisboa. Dos libros que me gustaban, pero que no me entusiasmaban. Fue después de la lectura de “Sostiene Pereira”, que no pude dejar hasta acabarlo, cuando comenzó mi veneración por ese escritor italiano que adoptó Lisboa como segunda patria.

“Sostiene Pereira” marcó varias características muy bien definidas de mi línea de pensamiento. En primer lugar, el personaje de Pereira me pareció tan fascinante y emotivo, que a partir de entonces comencé a considerar a las personas mayores como parte más que importante de nuestra vida. La magistral manera en que Tabucchi recrea la aparente debilidad de pensamiento de Pereira, transformándola hasta convertirlo en un personaje comprometido con su forma de pensar y valorar las injusticias, es muy posible que no se haya logrado por ningún otro autor.

Ya tiene bastante mérito que Tabucchi haya elegido a una persona a priori mediocre, muy culta pero inmovilista en su fondo y en su forma, físicamente cansado, y con un carácter bastante tendente a la melancolía. A Pereira no le gusta meterse en líos, pero no puede quedarse quieto ante el brutal asesinato de su amigo Rosi. Su forma de vengarse, que no quiero desvelar en esta entrada, constituye tanto un acto de maquiavélica profesionalidad periodística, como de compromiso ético, más que político.

Por otro lado, la fascinación que siento por Lisboa en particular y por Portugal en general, que ya había comenzado a gestarse con “Réquiem”, del mismo autor, se desbordó totalmente justo después de la lectura de esta novela. Una cuestión lleva a la otra, ya lo he mencionado en muchas ocasiones. A través de Tabucchi y Pereira, un indudable enamorado de su ciudad, descubrí la Lisboa de Pessoa, y después conocí a Cardoso Pires, un insigne escritor lisboeta, del que sin duda hablaré en otra entrada, que apareció junto a Tabucchi en un casi desconocido mediometraje de gran belleza y sensibilidad, protagonizado Gonzalo de Castro (si, el famoso Gonzalo de “siete vidas”) titulado “Lisboa. A faça no coraçao”. A través de Cardoso Pires, su libro “Lisboa, diario de a bordo” y del documental que se hizo sobre el mismo, conocí a Lobo Antunes y a otros estupendos escritores portugueses, y cuando por fin vi la memorable película “Sostiene Pereira”de Faenza, perfecta porque se ajusta casi milimétricamente a la novela de Tabucchi, descubrí a la hasta entonces desconocida para mi Dulce Pontes, que cantaba el inolvidable tema “A brisa do coraçao”, compuesto por Ennio Morricone, y que sonaba al principio y al final de la película, en esa escena maravillosa que he visto cien veces y que me sigue emocionando como el primer día. Después de Dulce Pontes escuché a Misia, y a Madredeus, y hasta a Amalia Rodríguez, y a partir de ahí, amigos míos, mi espíritu sucumbió por esa “saudade” que me domina desde entonces durante largas temporadas. Y todo este gratificante sufrimiento procede de la lectura, en una sola tarde, de la novela “Sostiene Pereira”. Como para no dedicarle una entrada al librito en cuestión.

Pereira es un personaje entrañable, un periodista lisboeta que escribe en un periódico sin ninguna tendencia política. Estamos en 1938, en plena dictadura Salazarista, en los preliminares de la Segunda Guerra Mundial y con la Guerra Civil española llamando a la puerta. Pereira lleva una vida tranquila, más o menos sedentaria, cuidando su obesidad intentando comer poco (pone cara de resignación cuando se prepara una tortilla a las finas hierbas), y hablando de vez en cuando con el retrato de su difunta esposa. Se considera católico, pero a su manera.

“Y Pereira era católico, o al menos en aquel momento se sentía católico, un buen católico, pero en una cosa no conseguía creer: en la resurrección de la carne. En el alma sí, claro, porque estaba seguro de poseer un alma, pero toda su carne, aquella chicha que circundaba su alma, pues bien, eso no, eso no volvería a renacer, y además, ¿para qué?, se preguntaba Pereira. Todo aquel sebo que le acompañaba cotidianamente, el sudor, el jadeo al subir las escaleras, ¿para qué iban a renacer?. No, no quería nada de aquello en la otra vida, para toda la eternidad, Pereira, y no quería creer en la resurrección de la carne”.

Al leer un artículo del joven Montero Rossi en el que habla de la muerte, decide llamarle para ofrecerle un puesto en la sección cultural del diario “Lisboa”, que es la que lleva Pereira.

“Sostiene Pereira que al principio se puso a leer distraídamente el artículo, que no tenía título, después maquinalmente volvió hacia atrás y copió un trozo. ¿porqué lo hizo?. Eso Pereira no está en condiciones de decirlo. Tal vez porque aquella revista de vanguardia católica le contrariaba, tal vez porque aquel día se sentía harto de vanguardias y de catolicismos, aunque él fuera profundamente católico, o tal vez porque en aquel momento, en aquel verano refulgente de Lisboa, con toda aquella mole que soportaba encima, detestaba la idea de la resurrección de la carne, pero el caso es que se puso a copiar el artículo, quizá para poder tirar la revista a la papelera.

Sostiene que no lo copió todo, copió solo algunas líneas, que son las siguientes y que puede aportar a la documentación: “La relación que caracteriza de una manera más profunda y general el sentido de nuestro ser es la que une la vida con la muerte, porque la limitación de nuestra existencia por la muerte es decisiva para la comprensión y la valoración de la vida””.

Después de comer y de visitar al padre Antonio para hablarle otra vez del obsesivo tema de la muerte, Pereira va a su casa, en la Avenida de la Liberdade, y, según su costumbre, empieza un diálogo con su difunta esposa:

“Sostiene Pereira que desde hacía tiempo había cogido la costumbre de hablar con el retrato de su esposa. Le contaba lo que había hecho durante el día, le confiaba sus pensamientos, le pedía consejos. No sé en qué mundo vivo, dijo Pereira al retrato, me lo ha dicho incluso el padre Antonio, el problema es que no hago otra cosa que pensar en la muerte, me parece que todo el mundo está muerto o a punto de morirse. Y después Pereira pensó en el hijo que no habían tenido. El sí lo hubiera querido, pero no podía pedírselo a aquella mujer frágil y enfermiza que pasaba las noches insomne y largos periodos en sanatorios. Y lo lamentó. Porque si hubiera tenido un hijo, un hijo mayor con el que sentarse ahora a la mesa y hablar, no habría necesitado hablar con aquel retrato que se remontaba a un viaje lejano del que ya casi no se acordaba. Y dijo: en fin, qué le vamos a hacer, que era su forma de despedirse del retrato de su esposa”.

Esa misma noche, Pereira conoce a Monteiro Rosi y a su novia en una fiesta en la plaza. Rosi canta canciones napolitanas para un grupo de salazaristas, lo que confunde a Pereira, que se tranquiliza cuando Rosi le confiesa que lo hace por dinero. Después de una conversación y un baile con Marta, Rosi queda contratado para escribir necrológicas de escritores que todavía viven. Pereira quiere disponer de la necrológica antes de que el escritor muera, para publicarla de inmediato. Rosi accede y le pide a Pereira un anticipo, que este pone de su bolsillo. La idea de Rosi es escribir una necrológica de Lorca.

Resulta emotiva la relación de Pereira con Monteiro Rosi. Parece adoptarle, con cierta conmiseración, y a pesar de la tendencia política de las necrológicas de Rosi, que nunca son publicadas porque Pereira defiende a ultranza la imparcialidad de su periódico, el veterano periodista sigue anticipando cantidades a Rosi. Fascinado por la ilusión y la vitalidad del joven, Pereira termina ofreciéndole su casa, en un momento duro en el que Rosi se tiene que ocultar.

Previo a ese acontecimiento, asistimos a la emotiva visita de Pereira a un balneario de Coimbra, en la que conoce al doctor Cardoso, con el que conversa animadamente sobre la página cultural del periódico, sobre la vida, sobre la muerte y sobre todo lo divino y lo humano. El doctor, duro al principio con su paciente, termina por permitirle diferentes licencias, como comer con agua con gas o fumar de vez de vez en cuando un cigarro, a pesar de la cardiopatía de Pereira. Poco a poco, se establece entre los dos personajes una relación de amistad que resultará de suma utilidad para que Pereira consiga llevar a adelante su último golpe de mano.

Cuando vuelve a Lisboa, alija a Monteiro Rosi en su casa. Una noche, aparecen tres individuos malencarados que dicen ser policías secretos, y mientras uno de ellos apunta con su arma a un asustado Pereira, los otros dos se meten con el joven en una habitación. Desde el otro lado de la puerta le llegan a Pereira gritos, golpes y fuertes sacudidas. Al cabo de un rato, los dos policías salen del cuarto, con las ropas manchadas de sangre. Pereira, una vez recuperado del susto, entra en el cuarto, dirigiéndose a Rosi para decirle que todo ha terminado, pero el joven no puede escucharle: ha muerto a causa de la paliza que le han dado los supuestos policías.

Pereira siente la necesidad urgente de hacer algo, y se le ocurre sentarse delante de su máquina de escribir. No puede soportar el dolor ante la pérdida, de una forma tan brutal además, del joven Rosi. Y escribe. Escribe un artículo.

No voy a desvelar lo que hace Pereira para vengar a su amigo. Prefiero que leáis la novela o que veáis la película. Simplemente deciros que parece increíble que el hasta entonces pacífico y casi mediocre Pereira tome una decisión que cambiará su vida para siempre.

Al final del libro, como nota a la edición de Alfaguara, Tabucchi parece querernos decir que Pereira está basado en un periodista real, portugués, que había muerto cierto tiempo antes. Tabucchi describe a Pereira como un personaje del limbo, que aparece en sus sueños buscando a un autor que cuente su aventura. Tabucchi terminó por escribir su historia. Pero no deseo en absoluto suplir con mi insolencia la belleza de su prosa. Dejemos que nos lo cuente él mismo:

“La escribí en Vechiano, en dos meses, que fueron también tórridos, de intenso y furibundo trabajo. Por una afortunada coincidencia, acabé de escribir la última página el 25 de Agosto de 1993. Y quise registrar esa fecha en la página porque es para mi un día importante: el cumpleaños de mi hija. Me pareció una señal, un auspicio. El día feliz del nacimiento de un hijo mío nacía también, gracias a la fuerza de la escritura, la historia de la vida de un hombre. Tal vez, en la inescrutable trama de los eventos que los dioses nos conceden, todo ello tenga su significado”.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Un libro precioso y una pelicula idem. Recuerdo que me embargo un sentimiento extremo de tristeza. Tendre que releer.

LA OTRA
www.sopasyletras.com

felixon dijo...

Impresionante también la película, tienes razón. Es imposible ver la última escena, con ese arco de Lisboa y Dulce Pontes en toda su plenitud, sin que se le ponga a uno la carne de gallina. Si, hay que releer. Además se lee en una tarde.

Gracias

Anónimo dijo...

Sabe, me hicieron leer este libro en clase, ya que soy estudiante de periodismo.
Tras el primer momento de apatía ante la obligación, me sumergí en la lectura de un libro que no sólo sabe contar una historia de personajes inolvidades y cercanos sino que sirve de reflexión sobre el periodismo y la ética. Un libro de temática actual aunque estuviera ambientado en el 38, ya que las presiones a los periodistas siguen existiendo. Quizá ahora sean más peligrosas porque son menos evidentes, no tanto políticas pero sí económicas y ya se sabe que poderoso caballero es Don Dinero.
Creo que este libro se puede interpretar como el viaje de un hombre a su conciencia y de que los héroes existen.
Es un gran libro y la película también.