lunes 19 de octubre de 2009

"El legado", de Blanca Miosi


Ayer terminé de leer “El Legado”, de Blanca Miosi. Tengo que confesar una vez más que me encanta la forma de escribir de esta magnífica escritora residente en Venezuela. Ya me ocurrió con “La búsqueda”, otra novela suya, unas memorias más bien, en la que se cuentan los avatares que sufrió su marido durante la Segunda Guerra mundial, años terribles en los que llegó a estar incluso cautivo en Auschwitz.
Si “La búsqueda” me cautivó por su componente humano, capaz de ponerte la carne de gallina en cada página, “El legado” me ha gustado, además, por el componente histórico que refleja, la época convulsa de auge del nazismo, desde sus inicios, prácticamente nada más terminar la Primera Guerra Mundial, hasta el trágico final de su fundador, Adolf Hitler, en el búnker de Berlín.
¿Es posible reflejar algún rasgo humano del dictador más terrible que ha tenido la humanidad? Todos sabemos de sobra quien fue Hitler. Tenemos clavada en la memoria su imagen, aparentemente calmada, durante la celebración de los juegos olímpicos de Berlín en 1936. En aquella ocasión resultaban incluso entrañables sus gestos de viejo refunfuñón ante la implacable superioridad del atleta de color Jesse Owens. Seguro que la mayoría de nosotros recuerda también esa imagen suya, tan repetida e incluso parodiada por Charles Chaplin en su monumental película “El gran dictador”, de un Hitler al borde del colapso, gritando y escupiendo consignas destructivas frente al micrófono, ante una muchedumbre de miles y miles de personas. Le recordamos también sonriente, tendiendo la mano en Hendaya a Francisco Franco. Son las imágenes clásicas de un individuo que paralizó el corazón a millones de personas en todo el mundo.
Los que hemos sentido fascinación por el personaje y lo que supuso en la historia de Alemania y del mundo, podemos manejar algún otro dato, como las innumerables películas que se han hecho sobre su trayectoria (“El hundimiento”, las dos o tres versiones de “Valkiria”, la ya mencionada “El Gran Dictador”, “Los últimos días de Hitler”, “El búnker”, la imprescindible “ser o no ser”...), o algunos otros libros buenos, como “El huevo de la serpiente”, de César Vidal, o “Crónicas desde Berlín”, de Eugenio Xammar, una joya que explica desde su gestación la llegada al poder de Hitler, reflejando a la perfección la tristeza y decadencia en la que había quedado sumida la Gran Alemania tras la Primera Guerra Mundial.
Blanca Miosi consigue con “El legado” ir todavía más allá. Es capaz, con ese estilo claro y directo que la caracteriza, de mostrarnos otros aspectos del monstruo, su lado digamos “humano”, puesto así, entre comillas, porque de humano, precisamente, el amigo Adolf tenía más bien poco.
A través de la historia de Hanussen, un personaje real que ayudó a Hitler en su escalada hacia lo más alto, Blanca construye una trama perfecta, fascinante y sumamente atrayente. Resulta casi imposible dejar la novela hasta acabarla por completo. Confieso que mi opinión podría resultar ligeramente subjetiva, porque como ya he dicho, siempre me ha atraído esa parte de la historia de la humanidad, esa locura colectiva que empujó a millones de personas no sólo a seguir como borregos a un líder mesiánico, sino a morir por él, o a exterminar sin ningún escrúpulo a todo aquel que fuera judío. Jamás he conseguido explicarme cuáles pueden ser los mecanismos que pueden lograr que un individuo de esa clase se perpetúe en el poder, y Blanca nos brinda unas cuantas claves en ese sentido.
Simbología, psicología, orden, uniformidad, voz potente y sin vacilaciones... Hanussen le muestra a Hitler uno a uno los mecanismos para convertir a las masas en simples comparsas de los deseos de su dictador. Hanussen consigue fortuna y prestigio entre los poderosos que rodean a Hitler gracias a su poder de predicción y a su singular psicología.
Del fruto de la relación secreta entre el dictador y Alice, la hija de Hanussen (uno de los aspectos humanos a los que me refería antes, sin dramatismos y sin excesos, pero sumamente atrayente), nace Sofía, la hija de Hitler a la que hace referencia el título de la novela. Hanussen, que ha sido capaz de moldear el carácter y la personalidad de su discípulo, resulta sin embargo incapaz de controlar la maldición que le predijo en su momento Welldone, un misterioso personaje que le había enseñado los secretos del ocultismo.
Resulta enriquecedor alternar la historia del nazismo en toda su extensión, desde esa prevención de Hindenburg al otorgar plenos poderes a Hitler (me parece magistral esa media sonrisa del dictador ante el vetusto canciller alemán), hasta el trágico final en el búnker del Reichstag, con la trama concerniente a la descendencia de los dos hombres, Hanussen y Hitler. No quiero adelantar nada, por supuesto, pero os puedo asegurar que, una vez inmersos en la historia que con tanto arte despliega Blanca ante nosotros, no podréis abandonar el libro.
¿Cómo cae en desgracia Hanussen ante Hitler? No resulta extraño, pues salvo los dos o tres privilegiados que le acompañarían hasta las mismas puertas de la muerte (Goebbels sobre todo), era muy normal que todos los colaboradores cayeran más tarde o más temprano en desgracia a los ojos del dictador. Hitler fue quemando etapas hasta el final, sin importarle ni un ápice dejar cadáveres en el camino, y el de Hanussen fue sin duda uno de ellos. El ocultista profetizó el incendio del Reichstag, que se produjo efectivamente, y aquello fue el detonante de su caída en picado ante los ojos del fuhrer. Poco después, la historia real nos dice que Hanussen fue asesinado por las SS, y abandonado su cuerpo en un bosque de Alemania. Es ese punto en el que acaba la realidad, y comienza la fascinante leyenda que nos propone Blanca Miosi.
Como la escritora profesional que es, Blanca maneja a la perfección los cambios de criterio que nos plantea en su novela. Al tiempo que describe con sobriedad y rigor histórico los avatares del nazismo, cambia el ritmo al contarnos las peripecias de Hanussen, Hitler, y la descendencia de ambos. Frases cortas, directas a los sentidos, con un ritmo inmejorable, sin concesiones. Un estilo personal que crea en nuestra imaginación la correspondiente recreación cinematográfica. Esa es precisamente la grandeza de Blanca como escritora. Por un lado, su desbordante imaginación y rigor. Por otro lado, su capacidad de humanizar a personajes a priori inhumanos. Por otro lado, su facilidad para recrear hechos históricos vistos desde un punto de vista tan respetable como singular. Por otro lado... Podría pasarme horas analizando los aspectos que más me atraen del estilo de Blanca. Sólo puedo deciros que me gustan sus novelas, y que esperaré con ansiedad su próximo lanzamiento.
“El legado” está resultando un indudable éxito, tanto de crítica como de ventas. En esta ocasión sí que digo con toda la razón que esta entrada no es más que mi humilde opinión, ya que Blanca ha recogido en su página críticas y comentarios de escritores y lectores infinitamente más prestigiosos que yo. Resulta una delicia escuchar su voz en las innumerables entrevistas de radio que ya le han hecho, o en el vídeo de presentación de la novela que podéis ver en youtube. Por si os apetece profundizar un poco más en el mundo de “El legado”, os invito a visitar su página en el siguiente enlace:
http://ellegadoporblancamiosi.blogspot.com/
Os aseguro que no os defraudará. Y nos ayudará también sin duda, porqué no, a esperar el próximo lanzamiento de Blanca, que seguro que se convertirá también por méritos propios en un rotundo éxito.

domingo 11 de enero de 2009

La elegancia del erizo. Muriel Barbery


El jueves pasado terminé por fin una novela que había comenzado con bastante entusiasmo a mediados de Septiembre, para dejarla más o menos congelada en la página 70 desde entonces, retomarla el jueves y finalizarla ese mismo día. ¿Las razones de la congelación?. Creo que resultan sencillas: no es una novela que desde el principio enganche. Es más: el principio resulta bastante aburrido, con tantas y pretenciosas referencias a Kant, Marx, Engells y otros, que te dan ganas de tirar el libro cada vez que René, la portera que oculta una profunda personalidad, toma la palabra.

Como supongo que a estas alturas muchos de vosotros ya conoceréis el libro, creo que voy a resumirlo en dos palabras, para los que no lo hayan leído todavía. Repito que es un libro muy denso al principio (siempre bajo mi modesta opinión, por supuesto), que gana mucho a medida que nos vamos adentrando en la página 100, más o menos, y que para mi gusto tiene un final catastrófico y cogido por los pelos, como si alguien le hubiera dicho a Muriel Barbery “Venga, acaba ya, que llevas más de doscientas páginas, y algo más largo resultaría impublicable”. No me puedo explicar, si no es por esa razón, un final tan terrible y tan injusto, sobre todo porque toda la novela transcurre por el camino de la comedia, y uno se queda con la boca ante el cambio de registro que supone el final, que no voy a desvelar por deferencia hacia los que no lo hayáis leído.

El caso es que un lujoso inmueble de París habitan dos personas de una gran cultura y con una personalidad muy por encima de lo que se considera normal. René, la portera, es una mujer que pasa de los cincuenta, que se siente fascinada y aturdida ante la belleza de un cuadro de la escuela holandesa, la música clásica o cualquier libro de Toltoi, en especial “Ana Karenina. Paloma es una chica de doce años con una inteligencia muy por encima de lo normal y un sentido común que apabulla. ¿Qué tienen estas dos personas en común?. Pues que las dos se han convertido en dos solitarias, porque quieren, a toda costa, que nadie descubra su verdadera personalidad. Ocultan con celosa obsesión sus gustos, su cultura, su inteligencia, porque consideran que el mundo no está preparado para asumirla. Casi hacia el final del libro nos enteraremos de los motivos de René para no querer salirse de su rol de portera, para mantener el cual no duda en cocer repollo, “porque en todas las porterías huele a repollo”, según sus propias palabras, mientras ella se complace en degustar verdaderas delicatessen culinarias, sola o en compañía de su amiga Manuela, una asistenta portuguesa experta en cocinar unos dulces esplendorosos.

En cuanto a Paloma, su caso es diferente. Está tan asqueada de su superficial familia, y en especial de su hermana Colombe, que ha decidido transcribir todo lo que le pase por la cabeza antes del 16 de junio, fecha en la que cumple trece años. Ese día se suicidará después de quemar su casa. Así de sencillo.

El libro transcurre pues alternando las intervenciones de René y de Paloma. Es muy de agradecer, en la edición de Seix Barral, que la letra de cada una de ellas sea diferente. Resulta sencillo de ese modo dictaminar si la que habla es Paloma o René. Resultaría interminable elaborar una lista de las referencias culturales que salpican el libro, tanto por parte de una como de la otra. Manga, cine, literatura, pintura...Las dos mujeres saben distinguir la belleza cuando se presenta ante ellas, y cuanto más sutilmente, mejor.

A la casa llega un jubilado japonés, Kakuro Ozu, emparentado lejanamente con Yazujiro Ozu, el famoso director de cine del que René es una ferviente admiradora. Desde el primer momento, Kakuro intuye que René oculta una personalidad más profunda de lo que aparenta, y consigue la complicidad de Paloma para averiguar más sobre el asunto. Paloma, que siente una especial fascinación por todo lo japonés, se presta encantada a ese juego, y acaba coincidiendo con René, quien le explica, en uno de los capítulos más emotivos que haya leído nunca, que su obsesión por no mezclarse con la élite, a la que pertenece Kakuro, se debe a que una hermana suya fue seducida y abandonada por un hombre rico después de dejarla embarazada. Y no cuento más, porque a partir de ese momento sería algo así como destriparos una historia que tenéis que leer.

Hay dos pasajes en el libro que me causaron una profunda impresión. El primero transcurre cuando Paloma va a casa de Kakuro a tomar el té por primera vez.

“Bueno, esta es una típica conversación de adulto, pero lo bueno con Kakuro es que todo lo hace con educación. Es muy agradable oírlo hablar, aunque te traiga sin cuidado lo que cuenta, porque te habla de verdad, se dirige a ti. Es la primera vez que conozco a alguien que se interesa por mi cuando me habla: no espera aprobación ni desacuerdo, me mira con una expresión como si estuviera diciendo: “¿Quién eres? ¿quieres hablar conmigo? ¡Cuánto me gusta estar contigo!” A eso me refería cuando hablaba de educación, esta actitud de alguien que le al otro la impresión de estar ahí”.

Es uno de los pasajes, entre otros muchos, en los que Paloma expresa su rabia hacia la falta de escuchar a los demás que presiden las relaciones hoy en día. Ella es capaz de escuchar, y se jacta de ello, y disfruta cuando escucha a alguien que la trata con educación.

El otro pasaje es algo que siempre me ha estado dando vueltas a la cabeza, y que Muriel Barbery ha reflejado con una profesionalidad y una agudeza que me ha hecho quitarme el sombrero de verdad. Se refiere a la forma de pensar de los adolescentes, pero dejémosla hablar a ella, a través, otra vez, de su personaje, Paloma:

“En mi colegio se puede comprar de todo: ácido, éxtasis, coca, speed, etc. Cuando pienso en los tiempos en los que los adolescentes esnifaban pegamento en el cuarto de baño... No era nada comparado con lo de ahora. Mis compañeros de clase se colocan con pastillas de éxtasis como si fueran caramelos, y lo peor es que, donde hay droga, hay sexo. No os extrañéis tanto: hoy en día los jóvenes tienen relaciones sexuales muy pronto. Es muy desalentador. Primero, porque yo creo que el sexo, como el amor, es algo sagrado. Si yo viviera más allá de la pubertad, sería para mi muy importante hacer del sexo un sacramento maravilloso. Segundo, porque un adolescente que juega a dárselas de adulto no deja de ser un adolescente. Imaginar que colocarse los fines de semana y andar acostándose con unos y con otros va a hacer de ti un adulto es como creer que un disfraz hace de ti un indio. Y tercero, no deja de ser una concepción de la vida un poco extraña querer hacerse adulto imitando los aspectos ma´s catastróficos de la edad adulta... A mi, haber visto a mi madre chutarse antidepresivos y somníferos me ha vacunado de por vida contra ese tipo de sustancias. Al final, los adolescentes creen hacerse adultos imitando como monos a los adultos que no han pasado de ser niños y que huyen ante la vida. Es patético. Aunque bueno, si yo fuera Carelle Martín, la tía buena de mi clase, me pregunto que haría todo el día aparte de drogarme. Ya tiene el destino escrito en la frente. Dentro de quince años, después de haberse casado con un tío rico solo por casarse con un rico, su marido le pondrá los cuernos porque su perfecta, fría y fútil esposa habrá sido del todo incapaz de darle, digamos, algo de calor humano y sexual”.

Tengo un hijo adolescente que, por suerte para mi, no quiere dejar todavía de ser un niño, y espero que no lo quiera nunca, pero conozco casos de muchachos de su entorno que parecen tener prisa en pasar a ser adultos, y creo que este párrafo define a la perfección la tristeza de esa actitud. Sobre todo en el caso de las chicas. Resulta muy sugerente fardar en clase de que se conoce a un muchacho cinco o seis años mayor, que viene a buscarla en moto, que fuma, etc, pero no se dan cuenta de que ese chico, cinco o seis años mayor que ellas, no va buscando otra cosa que lo que no ha podido conseguir con chicas de su edad, debido a su patética personalidad, o a una necesidad manifiesta de dárselas de importante ante personas de un nivel muy por debajo del suyo. Soy de los que sufrieron en sus carnes situaciones de ese tipo, ya que ni mis compañeros ni yo teníamos ni los medios ni la pasta como para competir con esos veinteañeros engominados que se llevaban a nuestras compañeras de quince sin que nosotros pudiéramos impedirlo. Aunque solo sea como revulsivo para ese trauma de mi adolescencia, la verdad es que ese párrafo me pareció perfecto.
Un libro, en definitiva, que no os dejará indiferentes, os lo aseguro.

jueves 11 de diciembre de 2008

150 Cocktails for you. Michael P. King


Resulta difícil encontrar una obra maestra entre los que se podrían denominar libros prácticos, o libros en general que se salen del campo puro y duro de la literatura o del ensayo. Resulta arriesgado también recomendar un libro, para los teóricos amantes de la literatura que frecuentan este blog, que en principio, y solo en principio, nada o muy poco tiene que ver con la literatura. En esta ocasión, os presento una auténtica obra maestra, un libro que tiene mucho que ver con literatura, y con muy buena literatura, además, que habla básicamente de los orígenes, la historia y todos y cada uno de los elementos que componen un buen cocktail, y que además nos brinda la oportunidad de conocer, practicar su elaboración y poder deleitarnos con nada menos que ciento cincuenta de los más famosos.

Michael P. King ha compuesto una auténtica sinfonía para los sentidos, de una manera profesional, admirable, rigurosa, respetuosa y sobre todo, y eso es algo que se detecta desde las primeras líneas, muy humana. Su manera de enfocar el tema de los cocktails, que para cualquiera que se asomara desde la distancia y el desconocimiento podría parecer un tema superficial o poco sugerente, consigue atrapar tanto a los iniciados en este fascinante mundo, como a los auténticos profanos, entre los que no me importa reconocer públicamente que me encontraba yo mismo hasta la lectura, detenida y tranquila, de esta gran enciclopedia dedicada al placer de beber una buena copa. He descubierto con la lectura de “150 cocktails for you” que existe vida, o más bien bebida, después de los famosos “Margarita”, “Mojito”, “Daiquiri” o “Destornillador”, por nombrar unos cuantos, los que constituían hasta ahora mi bagaje en este fascinante mundo.

Ya desde la introducción detectamos a primera vista la profesionalidad, el respeto, y sobre todo el amor que ha puesto Michael P. King al escribir estas líneas. Se nos presentan en la misma, de forma atrayente, algunas pinceladas de lo que nos vamos a encontrar al proseguir la lectura. Como singular muestra de que no nos encontramos ante un simple libro de recetas para elaborar bebidas alcohólicas, el autor nos cuenta una jugosa anécdota:

“El gran académico francés Jean Cocteau, apasionado de este tipo de bebidas, consciente de que su apellido no podía ser el plural de cocktail, muy a su pesar, lo compensaba comentando que si no hubiese sido escritor, habría sido barman”.

Pasamos tras esta sugerente introducción a la parte en la que se nos narra la historia de la palabra “cocktail”, sus orígenes y las leyendas relacionadas con ella. Nos enteramos así de que en las peleas de gallos, por ejemplo, era costumbre del propietario del gallo vencedor reclamar la cola del gallo vencido, con las palabras “let´s have a drink on the cock tail” (bebamos en la cola del gallo), y de que en las tabernas de la región francesa de Bordeaux se despachaba una mezcla de bebidas que se servían en una jarra llamada “coquetel”, y de otros muchos posibles orígenes, entre los que Michael P. King nos brinda amablemente la posibilidad de escoger el que más nos guste.

Hemos llegado así a la página 13. Después de unas cuantas definiciones, nos encontramos con un curioso “decálogo del barman”, del que entresaco, por sugerentes, unas cuantas frases:

- La misión del barman es alegrar, no embriagar
- Habla lo necesario, no escuches lo ajeno y olvida las confidencias
- Haz del cliente un amigo y no del amigo un cliente

A continuación se nos muestran en unas tablas la relación completa de los 150 cocktails que nos vamos a encontrar. En dicha tabla se muestran ya, como anticipo, algunas de las características de las bebidas analizadas, como son el nombre, el tipo (after dinner, before dinner, long drink y fancy drink), el recipiente en el que se prepara, y el porcentaje de alcohol, entre otros datos interesantes. Hasta la página 28 nos pormenoriza el autor los utensilios empleados para la elaboración de las mezclas, los recipientes en las que se sirven, las clasificaciones en cuatro grandes grupos, una clasificación de los ingredientes más utilizados y una referencia muy interesante a la I.B.A (International Bartenders Asociation), una asociación encaminada a difundir y estandarizar el mundo del cocktail, a nivel mundial y entre sus asociados. Toda esta parte está profusamente ilustrada, con dibujos correspondientes a cada recipiente o utensilio utilizado, así como ilustraciones que cierran o abren los diferentes capítulos.

Después de una referencia histórica al origen de las bebidas alcohólicas y al grado alcohólico de las mismas, nos introducimos de lleno en uno de los apartados más profusos del libro: el correspondiente a los ingredientes. De manera pormenorizada, rigurosa y sistemática, el autor nos relaciona todos y cada uno de los componentes de los cocktails analizados, explicando su origen, su historia, y reflejando en un cuadro final el cocktail que se puede preparar con dicho ingrediente y la página en la que se encuentra. Teniendo en cuenta que este apartado discurre entre la página 31 y la página 115, podéis haceros una idea de la importancia y la rigurosidad que el autor ha querido transmitirle.

Pasamos, después de un preámbulo y un glosario, a las fichas de los cocktails propiamente dichas. Cada ficha ocupa una página, y viene encabezada por una imagen del cocktail en cuestión, un cuadro en el que se resumen los ingredientes y las proporciones de los mismo, el nombre de la bebida, y unos cuantos datos interesantes (el tipo, el sabor, el grado de alcohol, el país de origen y si está o no homologado por la IBA). Después de la ilustración correspondiente al recipiente en el que se sirve, se nos pormenoriza la forma de prepararlo y la historia del mismo. Todas las fichas vienen por orden alfabético, y os puedo asegurar que resulta fascinante el origen de las bebidas a las que hacen referencia las fichas. Resulta complicado no correr a la cocina a preparar cada una de las mezclas, os lo aseguro, lo que sin duda supondría un grave deterioro para nuestra salud, pero un placer para los sentidos si lo hacemos con la moderación requerida para estas cosas.

En la página 271 comienza uno de los capítulos que más me atrajeron del libro desde un principio: la galería de famosos y grandes bebedores (“Seguro que no están todos los que lo fueron, pero si lo fueron todos los que están”, nos dice Michael). Aquí, nos cruzamos con Churchill, Bogart, Luis Buñuel, Truman Capote, Faulkner, Dean Martín, Hemingway, por supuesto, y otros muchos de los que, aparte de contarnos su singladura vital, Michael P. King nos desgrana, al final de cada apartado, jugosas anécdotas del personaje relacionadas con sus encuentros con el alcohol. La elegante forma que ha elegido el autor para esta parte, resaltando en negrita ese aspecto lúdico de cada uno de los famosos analizados, atrae al lector como un imán, ávido de descubrir el lado etílico de sus admirados e inmortales personajes. Son tantos, de hecho, que hemos llegado, disfrutando del placer de la lectura, hasta la página 311 nada menos, en la que el autor cierra el libro con unas cuantas frases célebres relacionadas con el tema que se ha tratado a lo largo de toda la obra.

El libro está publicado de momento en Bubok, esperando el momento, que no me cabe ninguna duda de que no va a tardar mucho, en que alguna editorial importante se interese por el. El enlace del mismo, para que corráis ahora mismo todos a comprarlo, es el siguiente:

http://www.bubok.com/libros/5481/150-Cocktails-For-You

Aunque a priori pudiera parecer que el precio es excesivamente caro, no resulta así si caemos en la cuenta de que se trata de un libro de más de trescientas páginas, editado a todo color con ilustraciones y en un formato din A4. Siempre os queda también la posibilidad de adquirirlo en su versión en pdf, mucho más asequible, pero sin duda no tan sugerente como la soberbia edición encuadernada.

No me queda mucho más que decir. Comentaros simplemente que he disfrutado profundamente con la lectura de este libro, que sobrepasa con autoridad la clasificación de libro práctico, para alcanzar por méritos propios la categoría de auténtica obra maestra. Mi más cordial enhorabuena a Michael P. King por haber sabido conjugar con tanta maestría los ingredientes históricos, literarios y lúdicos con los que contaba. Nos ha demostrado a todos que no solo sabe mezclar con profesionalidad licores y otros líquidos, sino también emociones, sentimientos y toda clase de recursos literarios.

jueves 7 de agosto de 2008

La búsqueda. Blanca Miosi


Siempre me ha invadido un gran desasosiego al enfrentarme a temas relacionados con la crueldad humana en cualquiera de sus manifestaciones. Me ocurre debido al sufrimiento que me han provocado siempre películas como “Missing”, de Costa Gavras, “Gallipoli”, de Peter Weir, “La lista de Schindler” o, más recientemente, “El pianista”. Son películas que he visto una vez, me he rebozado en el horror durante su visión, y dudo que vuelva a verlas otra vez, a menos que lo hiciera para mostrarle a mi hijo de lo que puede llegar a ser capaz el ser humano cuando la locura de la sangre se apodera de el.

Tuve el primer contacto con el horror cuando leí “Odessa”, ya comentada en este blog, novela en la que se relata la trayectoria de un superviviente del holocausto. He leído infinidad de artículos y libros en los que se contaba la tragedia, esa y otras, como las barbaries perpetradas en las dictaduras de Pinochet, los militares argentinos o el mismísimo Pol Pot en Camboya.

Puede que fuera esa especie de aprensión ante el horror una de las razones que me han llevado a retrasar, de forma quizá inconsciente, la lectura de “La búsqueda”, de Blanca Miosi. Utilizando autoexcusas como la falta de tiempo o motivos familiares, relegaba la lectura de un libro que compré hace más de seis meses.

No sé realmente cual fue el motivo que me empujó a cogerlo de la estantería antes de ayer. Quizá se tratara de mi reciente viaje a Alemania, o de la atractiva portada, tantas veces vista y otras tantas abandonada de nuevo. El caso es que empecé a leerlo...

Y amigos, os juro que no pude parar.

De no ser por razones de todos conocidas como son el trabajo o las necesidades físicas que nos suelen acompañar, habría acabado con el libro el mismo día. No pudo ser, y lo terminé anoche. Anteayer tuve que cerrarlo finalmente a las dos de la madrugada, con grave perjuicio para mi rendimiento laboral del día siguiente.

¿Qué es lo que tanto me atrajo de la historia de Waldek Grodek, tan magistralmente narrada por Blanca Miosi, como para no poder despegarme del libro hasta acabarlo?. Después de razonar durante bastante tiempo, he llegado la conclusión de que lo que más me atrajo del libro fue un aspecto muy simple: su sencillez. Los aspectos que nos narra Waldek en sus memorias están filtrados por su especial visión, una visión sencilla, sumamente humana y en ciertos aspectos bastante inocente. Waldek parece conservar para siempre esa inocencia que le hace sentir fascinación, de niño, ante los uniformes militares que, en un gran desfile en una gran avenida de su querida Polonia, rinden homenaje al monstruo que desencadenó esa gran tragedia para la humanidad.

Existen otros libros posiblemente más conocidos sobre las vivencias en un campo de concentración, pero el que nos escribe Waldek es sin duda uno de los más humanos que jamás haya leído. El mismo Waldek nos dice en varias ocasiones que no cree en la política, que desconfía de unas personas que, sin ningún remordimiento, permitieron a Hitler destruir casa por casa, piedra por piedra, la ciudad de Varsovia. Ese desprendimiento del matiz político, se refleja en sus escritos, tanto en los referidos a sus tiempos en los campos de Gusen y Mauthausen como en los que nos cuenta sus peripecias en Francfurt con su amigo Stefan como su salto a ese “paraíso de palmeras y mujeres” que constituía para Waldek el Perú. Por poner un ejemplo de lo que quiero decir, creo que otras joyas reconocidas de la literatura universal, como “Vida y destino”, “Archipiélago Gulag” o “Doctor Zhivago”, se pierden tanto en disquisiciones políticas y descripciones de los artífices de la tragedia (Hitler, Stalin, Trujillo...) que llegan a aburrir un poco al lector que busca más el lado humano del infierno, un matiz del que “La búsqueda” anda más que sobrada.

Resulta también sumamente fascinante la capacidad de Waldek para analizar el alma de cada persona que se cruza en su camino, por encima de cualquier otra consideración. Valora en gran medida a Neumann, el médico alemán que le salva la pierna incrustándole un trozo de hueso de un cadáver también alemán. Se enamora de Helga, una mujer de oscuro pasado nazi, y nos dice, en una inolvidable frase del libro, que recuerda la actitud reflejada en la película “portero de noche”, que “parecía que ella supiese pulsar en mi el vestigio del Waldek sumiso de los días de Mauthausen”. Waldek está muy por encima de la mera catalogación a la que solemos someter a nuestros semejantes. Es siempre capaz de encontrar el lado humano de quien le trata, desde el árabe embaucador y sin embargo simpático que conoce en Perú, hasta el mismo Kéller, un ex agente de la Gestapo que le acoge como a un hijo. Como reciprocidad a su condescendiente y amable naturaleza, es cierto también que Waldek ha tenido la gran suerte de conocer, incluso en el interior del infierno, a gente buena que le ayuda a sobrevivir, como la joven prostituta que le llama cuando quiere arrojarse a las alambradas electrificadas para acabar de una vez con todo después de recibir una brutal paliza, hasta Krulik, el técnico de la fábrica de aviones que le ayuda, pasando por Mónica, la mujer que le cura el paludismo en Perú.

A lo largo de su periplo vital, y de su “búsqueda”, Waldek pasará de la riqueza “a las más altas cimas de la pobreza”, como diría Groucho Marx, sin importarle un carajo su situación. Se sabe capaz, después del infierno vivido en su juventud, de solventar cualquier situación en la vida, por muy adversa que esta sea. Lleva con la misma elegancia un traje forrado de billetes en Nápoles que un mono de color gris en Perú. No es su aspecto lo que le importa (aunque le ayuda mucho con las mujeres, no cabe duda), sino su alma, su forma de ser, esa filosofía particular que le permite caminar con la cabeza alta en cualquier circunstancia. No duda un momento en quedarse con una mano delante y otra detrás para librarse de un matrimonio opresivo en Perú, o en acompañar al árabe en sus extraños negocios con telas “Made in England”. No vive la vida, en una palabra: la devora. Es envidiable la forma en que alguien que ha conocido de cerca la muerte se sustrae a ella para vivir intensamente.

El libro nos narra momentos terribles de una forma que les quita en cierto modo carga. Waldek mira fascinado, sin sentir nada, como se retuercen los cadáveres, como si estuvieran vivos, en el horno crematorio. Ha visto ya tanto horror que se ha vacunado contra el. El episodio de las torres gemelas se narra desde su punto de vista, siempre humano, siempre alerta a la supervivencia que ha desarrollado en sus sentidos tanto padecimiento. Este último horror, que le hace desistir en su búsqueda y le convence para siempre de que el mal siempre está acechando, lo vive Waldek al extremo, a punto de morir ahogado por el humo. Es memorable la frase que pronuncia hacia el final de la novela, cuando dice “¿Qué clase de gen de maldad comparten Hitler, Stalin, Bin Laden y tantos otros que han provocado la desdicha y siguen provocando la desdicha de tantos millones de personas? Y lo más extraño de todo: ¿porqué tanta gente los sigue?”. Esto último es algo que me he preguntado en infinidad de ocasiones. El terrorismo no existiría si no hubiera una cantera de fanáticos dispuestos a mantenerlo. Resulta imposible acabar con eso.

Desconozco la aportación de Blanca Miosi a las memorias de Waldek. Hago conjeturas, y me imagino a Waldek, con un vaso de Schnaps o Vodka en la mano, noche tras noche, contándole a Blanca su peripecia vital, que la gran escritora transformará en una bella historia inmortal. Podría ocurrir también que ella recibiera el manuscrito y lo transformara, dotándole de esa fuerza vital que tiene. Podría ser que el manuscrito en si ya tuviera esa fuerza, y que Blanca lo aderezara con algunos pasajes producto de su imaginación. Podría resultar incluso que todo el libro, incluido el personaje, fuera una invención de Blanca...Esta última conjetura se disipa al visitar el blog de la novela y comprobar que Waldek es un personaje de carne y hueso, que conoce a Blanca y que aparece con ella en algunas fotografías. Os invito a visitar el blog, tan magnífico como el libro, en esta dirección:

http://labusqueda-por-blancamiosi.blogspot.com/

Os puedo asegurar que no os defraudará.

Mi más sincera felicitación, Blanca, por esta gran novela, y por favor: no nos hagas esperar mucho hasta tu próxima aportación a la literatura con mayúsculas.

viernes 13 de junio de 2008

La marcha Radetzky. Joseph Roth


Me cuesta catalogar esta novela de “Novela histórica”, sobre todo por lo denostado que está hoy en día un género que nos ha legado obras tan imprescindibles y tan alejadas de las inmundicias que se engloban hoy en ese género como “El nombre de la rosa”, la novela comentada hoy, o la trilogía de Claudio, de Robert Graves. Nada que ver, ninguna de estas novelas, con bodrios infumables como códigos Da Vinci, sábanas santas y todas las demás tonterías que invaden insolentemente las estanterías y las mesas de los centros comerciales. “La marcha Radetzky” es para mi gusto la segunda mejor novela histórica que he leído de todos los tiempos, solo superada por la inimitable “El nombre de la rosa”, el canon por excelencia del género, y a la que dedicaré sin duda una entrada algún día.

Para los profanos en lo que a música clásica se refiere, comentarles simplemente que la marcha Radetzky cierra todos los años el concierto de Año Nuevo que se retransmite al mundo desde Viena. Es inconfundible el toque de tambor inicial y las palmas de los encorsetados asistentes al concierto acompañando el ritmo de trompetas y timbales. Seguro que a más de uno de vosotros le ha despertado en más de una ocasión esa explosiva marcha militar, contemplada por vuestros padres mientras vosotros, con la cabeza resacosa y la garganta como papel de lija, tratabais de recuperaros de una noche de excesos.

La marcha Radetzky nos cuenta la historia de tres miembros de la familia Trotta, encumbrada por un suceso tan casual como anodino: el abuelo Trotta salvó a Francisco José, emperador del imperio Austro-Húngaro, de una muerte segura en la batalla de Solferino. Así de sencillo y así de triste. El abuelo, una persona del campo bastante sencilla, no acepta la mentira que supone que los libros de texto relaten su hazaña de una forma épica, cuando en realidad se había producido de la forma más tonta.

La novela narra de manera magistral la inevitable decadencia de la familia Trotta, fiel reflejo de la decadencia de toda una época de esplendor, de toda una sociedad encantadora y burguesa que se deshizo en pedazos a causa de la fragilidad de sus fronteras y de la variedad irreconciliable de los pueblos que la formaban. El Imperio Austrohúngaro desapareció después de la Primera Guerra Mundial, provocada por el asesinato del heredero en Sarajevo a manos de un nacionalista servio, pero había desaparecido mucho antes, al menos en espíritu, ante los inevitables avances del mundo en materias como logros sociales, técnicos e industriales. El imperio Austro-húngaro se asociaba inmediatamente al lujo, a las lámparas de araña, a los bailes de salón y a la colorista corte imperial, con las risas de la emperatriz Sissi impregnándolo todo. Lejos queda la revolución rusa, las reivindicaciones nacionalistas de servios y rusos, los continuos hostigamientos de Turquía y las pretensiones de Francia.

Desde la glamourosa Viena parecían más alejadas de lo que en realidad estaban las fronteras del imperio, y esto es algo que se refleja a la perfección en el acertado retrato que de esa encantadora sociedad nos hace Joseph Roth.

La parte correspondiente al abuelo apenas ocupa un par de capítulos del libro. Se habla de su solemnidad, de su parquedad de palabras, de su inmenso apetito y de la única vez que mostró cierta alegría, ante un retrato que pinta para el el amigo pintor de su hijo. Nada más. Su ridículo enfado ante la exageración de su acción en Solferino le empuja a entrevistarse con el mismo emperador, que respira aliviado cuando el buen hombre abandona el palacio imperial.

A partir de aquí, la historia se centra en los dos personajes principales: el jefe de distrito Franz Trotta, y su hijo Carl Joseph. El hijo y el nieto del héroe de Solferino, respectivamente. Durante una visita a su padre, el joven cadete conoce por casualidad a la esposa de un oficial, Slama. Resulta increíble la sensualidad que se desprende de la narración de la visita del joven a la casa, con la señora Slama insinuándosele y con el joven cayendo rendido ante los lazos del amor. Posteriormente, la mujer de Slama muere, y cuando Carl Joseph visita al oficial para expresarle sus condolencias, este le entrega, sin mostrar ningún signo que refleje el más mínimo sentimiento, un paquete con las cartas que el joven le había enviado a su amada. Resulta estremecedor leer esta escena, que se desarrolla bajo la lluvia y con el cadáver de la sensual Slama todavía caliente, pero más estremecedor resulta el encuentro de Carl Joseph con su padre en el café de la Villa, donde este le pregunta, sin mostrar tampoco ninguna alteración, si Slama le ha entregado el paquete de cartas.

La indiferencia ante el hecho de que Slama conociera las relaciones de su hijo con su esposa, se refleja magistralmente por parte de Roth en el comentario que el jefe de distrito le dirige al camarero que le trae la cuenta de la consumición que han tomado. “Dígale a la señorita que nosotros solo tomamos Hennesy”. Simplemente sublime.

Dejemos hablar un poco a Roth, en uno de los pasajes sin duda mejor escritos de la historia de la literatura:

“En aquel tiempo, antes de la Gran guerra, cuando sucedían las cosas que aquí se cuentan, todavía tenía importancia que un hombre viviera o muriera. Cuando alguien desaparecía de la faz de la tierra, no era sustituido inmediatamente por otro, para que se olvidara al muerto, sino que quedaba un vacío donde él antes había estado, y los que habían sido testigos de su muerte callaban en cuanto percibían el hueco que había dejado. Si el fuego había devorado una casa en alguna calle, el lugar del incendio permanecía vacío por mucho tiempo, porque los albañiles trabajaban con lentitud y circunspección, y los vecinos, a los que pasaban casualmente por la calle, recordaban el aspecto y las paredes de la casa al ver el solar vacío. Así eran entonces las cosas. Todo cuanto crecía, necesitaba mucho tiempo para crecer, y también era necesario mucho tiempo para olvidar todo lo que desaparecía. Pero todo lo que había existido dejaba sus huellas y en aquel tiempo se vivía de los recuerdos, de la misma forma que hoy se vive para olvidar rápida y profundamente”.

Uno de los personajes más singulares de la novela es Jacques, un anciano mayordomo que ya había servido al abuelo Trotta y que permanece al servicio del jefe de distrito. Este hombre permanece en su puesto hasta el mismo final de su existencia, lo que parece afectar bastante a su señor.

La trayectoria de Carl Joseph parece disgregarse gradualmente, como si nunca hubiera conseguido recuperarse del suceso con la señora de Slama. Sus dudas sobre su papel de militar le asaltan constantemente, y para dulcificar en cierto modo su tormento se entrega sin ningún pudor a placeres tan peligrosos como el juego, el alcohol y las mujeres fatales. Roth describe uno de sus episodios febriles:

“Soñaba, en voz alta, que los muertos le llamaban, y que ya le había llegado la hora de marcharse de este mundo. El viejo Jacques, Max Demant, el capitán Wagner y los obreros desconocidos muertos a tiros, todos se ponían en fila y le llamaban. Entre Trotta y los muertos había una mesa de ruleta vacía, sobre la que giraba la bola, que no movía mano alguna, y que sin embargo giraba constantemente”.

La novela transcurre hasta el momento en que el heredero al trono imperial es asesinado en Sarajevo. Sin entender muy bien las razones, todo el imperio se moviliza para participar en la guerra. En un ridículo episodio, en sus inicios, el joven Trotta es abatido a tiros mientras transporta unos cubos de agua. Una muerte absurda, que sume a su padre, con toda lógica, en una profunda depresión.

“La carta del comandante Zoglauer, que también había muerto, seguía en el bolsillo interior de la chaqueta del jefe de distrito. Cada día volvía a leerla y la mantenía así en su terrible novedad, como cuidan una tumba amorosas manos. ¿Qué le importaban al señor de Trotta los cien mil nuevos muertos que habían seguido a su hijo?. ¿Qué le importaban las órdenes apresuradas y confusas de sus superiores inmediatos, órdenes que aumentaban cada semana?. ¿Y qué le importaba que se hundiera el mundo, esa catástrofe que veía ahora con mayor evidencia que Chojnicki, el que en otros tiempos fue profeta?. Su hijo estaba muerto. Su propio cargo había terminado. Su mundo había desaparecido.”

Sin duda, una gran novela que conseguirá captar toda vuestra atención desde el principio hasta el final.

miércoles 14 de mayo de 2008

Diálogos de Carmencitas


He decidido recopilar en un libro quince de los dieciséis relatos escritos hasta el momento en mi blog “Los relatos del acompañante”. Los amigos de BUBOK brindan la oportunidad de publicar tu libro a tu gusto, controlando la portada, el tamaño, el tipo de papel...Creo que el resultado es lo bastante digno como para comprarlo, y a un precio asequible. La forma de pago también es una novedad, pues se puede pagar con cualquier tarjeta, y también mediante el sistema Paypal.

Los relatos van desde el primero, “Dulce Navidad”, publicado en Diciembre de 2007, hasta “Amaretto sensual”, que apareció en Marzo de este año. He utilizado uno de los relatos, “Al viento le pregunto”, dividiéndolo en dos partes y modificándolo ligeramente, para añadir a la recopilación una presentación y un epílogo. Hay una dedicatoria especial a Edda, fiel lectora de mi blog, que con sus inteligentes comentarios y sus apreciadas palabras de ánimo me ha animado cada semana a seguir con el blog.

La dirección para comprar los libros es la siguiente:

http://felixon.bubok.es/

También tenéis la opción de leer los relatos, gratis, en el blog, cuya dirección es la siguiente:

http://relatosdefelix.blogspot.com/

Aunque lo más seguro es que, cuando leáis un par de relatos, estaréis deseando comprar el libro.

domingo 6 de abril de 2008

Odessa. Frederick Forsyth


Antes de que Frederick Forsyth coqueteara con ese pensamiento más o menos ultraderechista que se le atribuye últimamente, mucho antes, diría yo (Odessa fue escrita en 1972), fue capaz de escribir dos auténticos monumentos a la literatura política de todos los tiempos. No creo equivocarme demasiado si afirmo que tanto “Odessa” como “Chacal” supusoeron un placer para los incipientes lectores de aquella época. Podría haber escogido cualquiera de las dos novelas para esta entrada, ya que me gustó una tanto como la otra, pero he elegido “Odessa” simplemente porque la adaptación cinematográfica que hizo de ella Ronald Neame en 1974, me pareció mucho más acertada que la que hizo de “Chacal” Fred Zinneman en 1973. De la considerada tercera gran novela de Forsyth, “Los perros de la guerra”, ni conseguí leer el libro ni, por supuesto, ver la película. Me pareció mentira, bajo la humilde opinión del lector incipiente que todavía era yo en aquella época, que un autor pudiera degradarse tanto en su tercera novela, después de haber escrito dos auténticos hitos de la literatura.

Creo que tanto “Chacal” como “Odessa” supusieron para los lectores de aquella época un éxito parecido al que han podido disfrutar hoy fenómenos como “El código Da Vinci” o “El ocho”, pero infinitamente mejor escritos. Quedaba todavía lejana en el tiempo la aparición de novelas como “El nombre de la rosa” o “La marcha de Radetzky”, que inaugurarían, bajo mi punto de vista, el gusto oficial por la novela histórica propiamente dicha. Los libros no eran entonces un artículo de lujo, como lo son ahora. La edición que tengo de “Chacal”, de Ediciones Reno (¿quien no tiene en su casa “Sinuhe el egipcio” de Reno?). Era un librito modesto, de tapas no blandas, sino blandísimas, coloreadas. La edición de “Odessa”, un poquito más cuidada, es de Plaza y Janés, el número 5 de una colección reciente, llamada “Manantial”, y costaba 75 pesetas, es decir, menos de medio euro. No puedo resistirme a copiar los cuatro primeros títulos de esa colección, que figuran en la sobrecubierta, y que constituyen por sí solos verdaderos iconos de los que por aquellos tiempos empezábamos a leer. El número 1, “El exorcista”, de William Peter Blatty. El 2, “Odessa”, el 3 “Avenida del parque 79, de Harold Robbins (¿no os acordáis?. Posiblemente el primer culebrón), y el 4, “Banco”, de Henry Charriere, que ya se había encumbrado por méritos propios con una obra tan fundamental y nostálgica como “Papillón”, que todos los que tenéis mi edad recordareis sin duda. Simplemente por hurgaros un poquillo en la conciencia, y para situar en cierto modo el campo de acción, os nombraré también “Pelma 1,2, 3”, la ya mencionada “Sinuhe el egipcio” o toda la saga de Sven Hassell, editada también por Reno.

“Odessa” tiene un comienzo fascinante. Dos personas mueren al mismo tiempo en 1963, el presidente Kennedy, en Dallas, y Salomón Tauber, en Alemania. Un reportero especializado en artículos sobre los bajos fondos, Peter Miller (interpretado en la película por John Voight, el padre de Angelina Jolie, para que nos entendamos) escucha por la radio la noticia de la muerte de Kennedy. Todos los coches de la autopista por la que circula se paran en el arcén, para escuchar mejor la tragedia.

Cuando llega a la ciudad, asiste a la retirada del cadáver de una anciano judío, Salomón Tauber, y poco después llega a sus manos un diario, en el que el anciano describe el triste devenir de su existencia en el campo de concentración de Riga, gobernado por el cruel Roschmann (en la película, Maximilian Schell). Cuando finaliza la lectura del diario, por el que ha sido completamente absorbido, Miller se propone encontrar a Roschmann, y para ello emprende una búsqueda por media Europa, entrando en contacto con personas implicadas en los sucesos protagonizados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, tanto de un lado como del otro.

Miller conoce a Simon Wiessenthal, el cazador de nazis, personaje real, que se dedicó en cuerpo y alma a perseguir a criminales de guerra nazis para entregarlos a la justicia. Este le pone en contacto con varias organizaciones, que van conduciendo a Miller hasta el mismo corazón de la organización conocida como Odessa, encaminada a ayudar a escapar a los nazis a Latinoamérica o a otros países, proporcionándoles una personalidad falsa y toda la documentación necesaria para que puedan escapar. Una vez en el corazón de la organización, Miller llega hasta el mismo Roschman, presidente de una gran compañía que se dedica a fabricar mísiles para los rusos.

Toda la novela está enfocada hasta este tenso encuentro, entre el periodista y el antiguo director de un campo de concentración en el que perdieron la vida más de 80.000 personas. El nazi, que parece no haber perdido nada de su ancestral falta de respeto por la vida humana, le pregunta al periodista “pero a usted, ¿qué le importa la vida de unos cuantos judíos más o menos?”, y se queda atónito cuando Miller le responde que nada. El lector se queda entonces también sorprendido, y se sorprende mucho más cuando le recuerda a Roschman un episodio del diario de Salomón Tauber, en el que se describía, casi al final del mismo, la huida que emprendió Roschman, acompañado de unos cuantos prisioneros. Al ir a coger un barco para escapar, un oficial del ejército alemán le cerró el paso, diciéndole que el barco estaba destinado a evacuar a heridos de guerra. Roschman no podía enfrentarse a un militar de un grado superior al suyo, así que simplemente, cuando el otro le volvió la espalda, le descerrajó un tiro en la espalda. Es entonces cuando nos enteramos, al final de la novela, de que aquel oficial era el padre de Miller.

“Odessa” está repleta de estrategias para escapar de los antiguos criminales de guerra nazis. Provoca una cierta desazón pensar que la mayoría consiguió escurrir el bulto, y que hoy en día, zonas como Denia, Altea o muchos pueblos de Málaga, además de una gran zona de Paraguay o Uruguay, pueden estar infestadas de ellos y de sus descendientes. Es posible que realmente existieran organizaciones como Odessa, financiadas por las ingentes cantidades de dinero que los nazis les robaron a sus víctimas judías. El mismo Forsyth, en la presentación del libro, agradece a todos los que le han ayudado a escribirlo, y a pesar de considerar que es una buena costumbre citar los nombres de las personas hacia las que va destinado ese agradecimiento, en el caso de “Odessa” es mejor no hacerlo, ya que muchos de sus confidentes son antiguos nazis que prefieren permanecer en el anonimato, y otros que, a pesar de no habérselo pedido, Forsyth considera más sensato que no se conozca su nombre.

Creo que fue a partir de este libro, y concretamente a partir del episodio final, cuando aparece el padre de Miller, un oficial alemán condecorado por la Wermacht al que le asqueaba la actuación de los nazis tanto como a cualquiera que no fuera alemán, cuando aprendí a separar el grano de la paja. Hasta entonces, para los profanos, tanto el ejército alemán como los nazis formaban parte del mismo infierno. La visión reiterada y repetida de películas en las que los alemanes eran tontos, y un grupo de comandos era capaz de derrotarlos casi sin pestañear (“Los cañones de Navarone”, por ejemplo, muy en boga por aquel entonces) había ayudado sin duda a fomentar esa idea. Fue a partir de la lectura de Odessa, de la lectura de los libros de Sven Hassell, en los que se muestra un odio feroz por parte del ejército hacia todo lo que oliera a nazi o a Gestapo, o a través de películas tan magníficas como “La noche de los generales” o “La cruz de hierro”, cuando comencé a tomar conciencia de que todos los ejércitos están compuestos de seres humanos, tan hartos de la guerra como el enemigo que tienen enfrente, y simples peones, en definitiva, de intereses inmundos en los que lo que menos prima es el respeto al ser humano. De una forma mucho más suave que la que se utiliza ahora en un fútil intento por reflejar lo mismo con algunos últimos títulos (“El señor de la guerra”, “El hundimiento”, “Diamantes de sangre”...), empezábamos entonces a tomar conciencia de la importancia que sobre cualquier otra circunstancia tiene en este mundo el derecho de todo ser humano, proceda de donde proceda, a ser respetado. Miller se convierte, por un interés personal tan admirable como novelesco (vengarse de la muerte de su padre), en el azote de uno de esos personajes, Roschman, que si se les deja son capaces de cargarse el mundo, a las primeras de cambio, de un par de misilazos.

“Odessa”, una gran novela que marcó toda una forma de escribir y de leer.