domingo, 30 de marzo de 2008

El Jarama. Rafael Sánchez Ferlosio



“El Jarama” ganó el premio Nadal en su edición de 1955, y el premio de la crítica en 1956. Desde el principio de su existencia, el libro fue unánimemente elogiado por la crítica, tanto nacional como internacional, que lo valoró tanto por su impacto, al relatar lo que relataba de la forma en que lo relataba, como por su posterior influencia en la literatura española.

El libro describe, de manera realista, la jornada de un grupo de once amigos, que salen de excursión un domingo de verano para pasar el día a la orilla del río. La acción transcurre, durante dieciséis horas, en dos escenarios: la taberna de Mauricio, un merendero donde la clientela habla, ríe, come, juega a las cartas y deja pasar perezosamente las horas, y una arboleda cercana, refugio de bañistas improvisados. Tal y como se recoge en la sobrecubierta de la novela, Sánchez Ferlosio describe a la perfección “los baños, los escozores provocados por el sol, las paellas, los primeros escarceos eróticos y el resquemor ante el tiempo que huye, haciendo inminente la amenaza del lunes. Al acabar el día, un acontecimiento inesperado colma la jornada de honda poesía y dota a la novela de una extraña grandeza”.

Ni siquiera Sánchez Ferlosio podía ser consciente de la enorme grandeza de su novela. De hecho, siempre ha renegado de la misma, diciendo que es su peor libro, y en todas las entrevistas que ha concedido ha tratado de restarle importancia a uno de los hitos más grandes de la literatura universal. Una prueba palpable de que en muchas ocasiones la obra supera el propio criterio del que la ha realizado, por muy extraña que parezca esta circunstancia.

Tan profundo es el desprecio de Ferlosio hacia su propia creación, que como nota a la sexta edición escribe lo siguiente:

“Como quiera que a lo largo de los nueve años que la presente novela lleva a merced del público han sido no pocas las personas que, creyendo hacer un cumplido a mi propia obra, me han dicho “lo que más me gusta es la descripción geográfica del río con que se abre y se cierra la narración” y visto que las comillas que acompañan a esta descripción no surten –a falta de otra indicación, cuya omisión hoy me resulta del todo imperdonable- los efectos de atribución –o de no atribución- deseados, es mi deber consignar aquí de una vez para siempre su verdadera procedencia, devolviendo así al extraordinario escritor a quien tan injusta como atolondradamente ha sido usurpada, la que yo también, sin sombra de reticencia ni modestia, coincido en considerar como mucho la mejor página de prosa de toda la novela. Puede leerse, con leves modificaciones, en...(se trata de un volumen geográfico de la provincia de Madrid). Aunque solo me pueda servir como atenuante, he de añadir en mi descargo que fueron precisamente las pequeñas alteraciones por medio de las cuales ajusté el texto original de Don Casiano a mis propias conveniencias prosódicas –toda vez que el comienzo y el final de un libro son lugares prosódicamente muy condicionados- las que pesaron en mi ánimo para resolverme a omitir la procedencia. Pero conservar el equívoco sería hoy, por mi parte, amén de la violación de las más elementales normas de cortesía literaria que en todo caso supondría, y a la vista de cómo han ido las cosas, la más escandalosa ingratitud”.

Lo que nos viene a decir Ferlosio en esta parrafada, ni más ni menos, es que la descripción que empieza al principio y termina al final, del recorrido geográfico del río, que además no es suya, es sin duda lo mejor de la novela. Una descripción que, si bien tiene un alto grado de simbolismo relacionado con la propia trama de la novela, como más adelante comentaré, y que desde luego está dotada de una gran fuerza descriptiva, no resulta ser sino una parte muy ajena a lo que se nos cuenta en la novela.

Nunca he entendido esta negación de Ferlosio hacia su propia grandeza. Me da a veces la impresión incluso de que su personalidad, y la forma de escribir otras obras, como “Las industrias y andanzas de Alfanhui”, por ejemplo, o la misma nota que acabo de transcribir literalmente, poco o casi nada tienen que ver con el soberbio estilo realista de que hace gala en “El Jarama”. Podría pensarse que el escritor tuvo un arrebato de creatividad cuando escribió la novela por la que, al parecer a su pesar, pasó a ser reconocido como un prestigioso autor literario. Otras veces creo que el repudio se debe únicamente a un capricho, a un recurso defensivo en el que trata de manifestar su personalidad por encima de su propia obra. Del mismo modo en que Unamuno vertió esa potestad suya para hacer con sus personajes en esa maravilla de la literatura titulada “Niebla”, Ferlosio parece darse cuenta, o creer en su interior, que “El Jarama” en realidad no le pertenece, y expresa su rechazo tratando la obra de mediocre, cuando en realidad no lo es.

“El Jarama” supone un antes y un después en la forma de narrar. Los once amigos que vienen de la ciudad a pasar la jornada en el campo muestran sin pudor sus “moderneces”, por decirlo de alguna manera, a los habitantes de los pueblos cercanos, mucho menos acostumbrados que ellos a los pantalones en las chicas o a la moto de una de las parejas del grupo de once amigos, que ha venido antes, “muy descansados y sintiendo el fresquito en la cara”. Se representan así en la novela dos grupos bien diferenciados, distantes en ideas pero cercanos en sus ganas de disfrutar de un domingo que se les evapora entre las manos a medida que avanzan las horas.

La jornada transcurre tranquila, con las chicas advirtiendo a los chicos para que tengan cuidado con el vino, que al final arruina las fiestas, con las digestiones después de las comidas, con la ropa amontonada a la orilla del río, con las risas, con los pequeños enfados...Todo un microcosmos de placidez que se rompe de repente cuando la pobre Lucita, una de las chicas más jóvenes del grupo, se adentra en el río y se ahoga sin remisión.

Las escenas que describen el triste final de la chica están escritas con un ritmo perfecto. La noche empieza a adueñarse de la zona. Una pareja de amigos está nadando, posiblemente el último baño, y escucha, al tiempo que entrevé un poco más adelante a Lucita, que parece chapotear de forma nerviosa. Después, la chica desaparece. Cuando Sebastián, uno de los nadadores, quiere ir a buscarla, su novia le retiene desesperada, temerosa de que corra la misma suerte que la otra.

Espaldas ennegrecidas por la penumbra, de bañistas que ya casi daban por finalizada la jornada lúdica, contemplan en silencio el cadáver de la chica en la orilla del río. Es entonces cuando hace su aparición en escena un tercer grupo de personas, el juez, guardias civiles y empleados de la funeraria, que ponen la macabra nota de profesionalidad, ya que parecen estar más que acostumbrados a este tipo de sucesos.

La novela finaliza con el grupo de amigos deshecho, entristecido y roto por lo que acaba de ocurrir. El último párrafo enlaza directamente con el primero, aunque es bastante más breve:

“Entra de nuevo en terreno terciario y recibe por la izquierda al Henares, en Mejorada del campo. En Vaciamadrid recoge al Manzanares por la orilla derecha, por abajo del puente de Arganda; y en Titulcia al Tajuña, por la izquierda. Suministra a la grande acequia llamada Real del Jarama, y ya en las vegas de Aranjuez entrega sus aguas al Tajo, que se las lleva hacia occidente, a Portugal y al Océano Atlántico”.

“El Jarama” representó el primer intento serio de novela social española. Se trataba de mostrar al lector la vida de la gente de la calle, como en una especie de neorrealismo italiano modelado al gusto de la sociedad española. La trágica muerte de Lucita representa para muchos la fragilidad del ser humano cuando se enfrenta a la naturaleza. Y es precisamente en esta interpretación en la que se suele fundamentar la colocación por parte de Ferlosio, abriendo y cerrando el relato, del implacable devenir de un río que no cambia su rumbo o su forma de discurrir en función de los acontecimientos que sucedan en sus aguas, por muy dolorosos que resulten para esa frágil parte de la vida que es el ser humano. Contundente, implacable, el río prosigue su camino desde la sierra madrileña hasta el océano que lo recoge. El devenir humano no tiene ninguna de las características de cualquier elemento natural, como ser un río, y su devenir depende la mayor parte de las veces de elementos, fuerzas y circunstancias que nadie puede ni controlas ni tan siquiera prever.

Esto es lo que magistralmente trata de hacernos ver Ferlosio con su novela, por mucho que el mismo niegue su validez.

2 comentarios:

LA OTRA dijo...

¡Cuanto me acuerdo de El Jarama!, fue un hito de mi juventud y Sánchez Ferlosio un icono en la universidad. No se que pensaría ahora si lo volviera a leer. Recuerdo que me produjo mucho desasosiego y me daban ganas de dar cachetadas a cada uno de los personajes.
De todas formas ahora prefiero mucho texto y poco diálogo. Es curioso como cambian los gustos con el tiempo y los libros leidos.

felixon dijo...

A mi me da por rachas. Unas veces prefiero diálogo, siempre que sea bueno, y otras texto.

Tienes razón, nunca lo había visto desde ese punto de vista. Hay muchos personajes del libro a los que te gustaría soltarles una bofetada. Esa es la grandeza del libro, mostrarnos la fragilidad de la vida humana, con sus frivolidades, sus miserias, sus tristezas y sus alegrías, frente a la constante, inmutable y serena presencia del río.

Un saludo