sábado, 18 de febrero de 2012

La arena del reloj, de Mayte Esteban

“Cuando Ya has vivido parte de tu vida sientes la necesidad de mirar hacia atrás, de recordar acontecimientos que marcaron tu pasado y condicionaron lo que entonces era tu futuro. Novalis decía que la vida debe ser una novela que inventamos y yo creo que todas las vidas, por sencillas que parezcan, llevan escondida una novela”
Este es el comienzo, el magnífico comienzo, del libro que Mayte Esteban ha dedicado a la memoria de su padre, Juan José Esteban Puado.
Existen varias razones que nos empujan a coger un libro y zambullirnos en su lectura. Leemos para entretenernos, para pasar el rato, del mismo modo que podríamos estar mirando la televisión. En otras ocasiones leemos para aprender, para saber más, para alimentar esa curiosidad insana que tenemos algunos, y que no queda satisfecha con los movimientos de la gente de la farándula o con los picorcillos del gallito de turno de Gran Hermano.
En otras ocasiones, posiblemente las menos, y sin embargo las más intensas, leemos para alimentar el espíritu, para compartir sentimientos, para crecer como personas a través de las vivencias de otras personas, de sus recuerdos, de sus anécdotas, de su dolor. El libro de Mayte puede encuadrarse, a mi gusto y por pleno derecho, en esta última categoría, sin desmerecer en absoluto las otras dos, que también alimenta con rigor y amenidad.
Descubrí “La arena del reloj” tras leer la magnífica reseña que le dedicó Tatty en su blog “El universo de los libros”, que os invito a leer en el siguiente enlace:
En el libro de Mayte podemos encontrar muchos elementos capaces de remover nuestra conciencia, de despertar un sentimiento que, por desgracia, y como muy bien dice Mayte, se está perdiendo: el de la empatía, el de la facilidad para ponerse en el lugar del otro, vestir su piel, algo que antaño resultaba sencillo y gratificante, porque la gente vivía en sociedad, los niños jugaban juntos en la calle, las personas conocían su entorno y Madrid, es verdad, estaba compuesto por barrios más parecidos a pequeños pueblos. Resulta muy nostálgico, y bastante envidiable, el episodio en el que el padre de Mayte nos cuenta que a la muerte del abuelo Julito, cerraron todas las tiendas de la calle en que vivía. Hoy en día está todo enfocado a promover la soledad de las personas, desde la niñez a la madurez, lo que eclipsa esa empatía de la que hablábamos antes.
Mayte consigue la empatía absoluta a través de su libro. Meterse en la piel de su padre, sentir la vida que ha llevado, hacerse una con su padre. No resulta sencillo lograr algo así, pero sí que es cierto que los que hemos pasado por una experiencia similar hemos vivido la vida del otro durante un plazo de tiempo irregular. Hemos sufrido al abrir el sobre con los resultados de los análisis, hemos disfrutado cuando las noticias abrían una puerta a la esperanza, hemos llorado y reído con la intensidad que provoca la posibilidad de que todo acabe de repente. Hemos subido, en definitiva, a esa “montaña rusa” que define Mayte. No es algo sencillo de explicar, salvo si se ha vivido, y cuando se ha vivido, no hace falta explicarlo. Mayte es generosa, escucha a su padre, se vuelve niña de repente, como la hija pequeña que fue en un momento dado. Graba la historia de Juan José, su vida, su experiencia, su alma, y la comparte con nosotros con generosidad y sencillez, con la profesionalidad que muchas escritoras que se consideran o son consideradas consagradas no poseen. Resulta imposible dejar de leer cuando uno se sumerge en la arena de ese reloj que llenaba la vida de Juan José, la vida de todos y cada uno de nosotros.
Apenas aparece la enfermedad. Es un deseo que expresó el mismo Juan José cuando pactó con su hija la gestación de la historia de su vida. “Él no quiere hablar de ello, no quiere que en estas páginas aparezca por ninguna parte su enfermedad, es como si negándose a registrarla por escrito fuera a desaparecer”, escribe Mayte. El dolor está, pero eclipsado por las ganas de recordar, de contar la experiencia vital. Resulta inevitable sonreír en muchas ocasiones, como cuando Tere se cae de la moto de Juan José y se pega un culetazo de órdago, o como ante esa frase que le dirigía siempre el abuelo Julito al primo Antonio, “cerrojo, que eres más cerrojo que el de la iglesia de San Antonio”, que llevó al padre de Mayte a visitar dicha iglesia picado por la curiosidad, para comprobar que el tal cerrojo “era un instrumento de diez centímetros de diámetro y un metro de largo”.
Mayte consigue con el libro recuperar a su padre, al de verdad, al que bailaba con chicas en las fiestas, consiguiendo “una sesión de pisotones de un minuto y medio” por culpa de los permisos y exámenes que concedían las recelosas madres a los peticionarios. Al hombre que se desenvolvió con entereza y sacrificio en una España gris y medio en escombros, que con sus ideas y su inteligencia consiguió ganarse el respeto de los que compartían trabajo con él en la fábrica en la que pasó la mayor parte de su vida laboral. No conocemos al Juan José enfermo, y en eso consiste la maestría de Mayte, en ocultarle a su padre los miedos y el sufrimiento que sin embargo comparte con nosotros. Conseguir eso, la persona que fue antes de la enfermedad, es algo que buscamos los que hemos pasado por ello, y que sólo se logra con el paso del tiempo. A los dos o tres años, no antes, se difuminan esos últimos meses de dolor y aspecto demacrado, y vuelve a la cabeza la fotografía de la persona sonriendo y tal como era. El libro de Mayte ayuda, con su magia, a recuperar esa fotografía.
Cuando nacemos se pone en marcha el mecanismo invisible de nuestro reloj vital”, nos dice Mayte. De un reloj que no se sabe ni la arena que contiene, ni el tiempo que va a tardar en agotarse, ni el orden que van a adoptar los granos una vez que pasen al otro lado a través del estrecho agujero. La prosa de Mayte es elegante, amena, muy bien escrita. Intimista en sus momentos de dolor y de montaña rusa, emotiva al narrar a su padre. Un libro fácil de leer, que podéis encontrar en el propio blog de Mayte, en el siguiente enlace:
Os aseguro que os llegará al corazón y se instalará ahí para siempre.
Juan José Esteban Puado, hijo de Juan Esteban Moreno y de Pascuala Puado Sanz, ha resultado para mí un auténtico placer conocerle. Mayte Esteban, muchas gracias por presentarnos.

sábado, 28 de enero de 2012

"El manuscrito 1. El secreto", de Blanca Miosi

«Cuando el monje extendió las manos ofreciéndole el cofre, se encontraba al borde del acantilado. Por un momento tuvo miedo de que fuese una trampa.  Antes de entregárselo lo retuvo un instante como arrepintiéndose. Temblaba tanto que pudo sentir sus movimientos convulsivos. Luego el monje hizo un ademán brusco, soltó el cofre y se lanzó al vacío. No se escuchó ni un grito. Instantes después, solo un sonido seco acompañado de un crujido atenuado por la distancia.  Horrorizado, se asomó al precipicio y pese a que ya estaba oscuro pudo distinguir un bulto informe sobre la roca plateada.  Le invadió un profundo sentimiento de piedad, una mezcla de compasión, pena infinita y agradecimiento. Tenía en sus manos lo que había ido a buscar, sintió a través del grueso tejido de la mochila los listones de metal en la madera.  Dio la vuelta y se alejó del lugar con largas zancadas: el mal estaba hecho y ya no había remedio.  Sintió el viento frío como un latigazo en la cara y supo que estaba húmeda a pesar de que aún no había empezado a llover. Reprimió el sollozo y caminó con prontitud el largo trecho de regreso que lo llevaría a la piazza, cobijando el bulto bajo su chaqueta de cuero.  Miró los signos fosforescentes de su reloj: tenía el tiempo justo para llegar al muelle y abordar el último ferry».
Así comienza “el Manuscrito I. El secreto”, la novela de Blanca Miosi que podeis encontrar en la página de Amazon a un precio muy asequible, en el siguiente enlace:
¿Cabe mayor sensación de curiosidad por seguir adelante después de leer un párrafo como este? Nicholas Blohm cierra el manuscrito en el que ha leído el párrafo anterior, y mira a su lado, en el banco de un parque de Nueva York. El hombre que se lo había prestado ya no está a su lado. Otro nuevo misterio, seguido, atrayente, seductor. Así es toda la novela. Situaciones misteriosas, intrigantes, atractivas, con el sabor a la buena literatura del que están impregnadas todos los libros de esta gran autora venezolana, la autora de “La búsqueda” y “El legado”, novelas que también reseñé en su momento en este blog.
Blanca Miosi vuelca en lo que escribe su profesionalidad como autora, su infinita capacidad de documentación. En el caso que nos ocupa, parece que en determinados pasajes el lector se sumerge, gracias a la precisión y facilidad de descripción de Blanca, tanto en las catacumbas y húmedas galerías del complejo de Noravank, en Armenia, lugar en el que se dice comenzó el cristianismo, como en modernísimos edificios de corporaciones de dudosa reputación, como esa “Empresa” cuyo poder se va haciendo infinito a medida que avanza la trama.
Nicholas Blohm seguirá leyendo ese extraño manuscrito, que modifica su contenido a capricho de un poder que se escapa de la inteligencia humana. Su camino se cruzará con el de Dante Contini-Massera, descendiente de una rancia familia italiana muy poderosa, que acude a Roma cuando su tío, Claudio Contini Massera, está a punto de morir a causa de una grave enfermedad. Ni Dante conoce a Nicholas, ni Nicholas sabe de Dante nada más que la información que, con cuentagotas, le va proporcionando el misterioso manuscrito. Sin embargo, cuando sus caminos coinciden, emprenderán juntos una aventura que les llevará por diferentes países y destinos más que sugerentes, desde la mencionada Armenia hasta la misteriosa y emblemática biblioteca de Hereford, en Inglaterra, en donde visitan su famosa biblioteca, en la que los libros permanecen atados con gruesas y antiguas cadenas para evitar los robos.
Misterio, historia, dramatismo, extrañas conspiraciones, descubrimientos del maléfico doctor Mengele ocultos en las ignotas catacumbas de Armenia, investigaciones ocultas en complejos situados en la inmensidad del desierto en algún lugar perdido de EEUU… “El manuscrito” cuenta con todos estos ingredientes para convertirla en una novela atractiva, atrayente, adictiva y representante de esa forma de leer en la que se te pasan las horas sin que te des cuenta, sin que puedas dejar de leer hasta saber un poco más. La trepidante acción, cuya muestra supone el inicio que os acabo de poner, no dejará indiferente a nadie, pero es que el manuscrito es algo más que eso. Mucho más que eso, diría yo. A todo lo anterior, muestra de una literatura que a priori podría parecerle a muchos de consumo o ligera, Blanca Miosi le proporciona su toque personal, esa profesionalidad llena de matices que ha sabido labrarse a fuerza de sus tres recetas clásicas: escribir, escribir y escribir. Ese toque personal al que me refiero se manifiesta en la elaboración de sus personajes, desde los mencionados Nicholas y Dante, los auténticos protagonistas, hasta el mayordomo de Dante, Pietro, pasando por todos los demás. Carlota, la madre de Dante que oculta un gran secreto que se irá descubriendo a medida que transcurre la trama, el fraile Francesco Martucci, íntimo amigo de Claudio, que carga también con su correspondiente secreto,  el mismo tío Claudio, un personaje grande, importante, creador de “La empresa”… Todos tienen algo que ocultar, todos son importantes para la trama, todos aportan su granito de arena para convertir esta novela en un atrayente viaje a la literatura con mayúsculas.
También resultan muy atractivos algunos personajes secundarios que, sin aportar a la trama gran contenido, acompañan a los personajes principales en este sugerente viaje al misterio. Es el caso de Linda, una mujer de la que Nicholas estuvo enamorado y que ahora no le gusta. Ella, con su indiscreción y curiosidad, provoca un pequeño cataclismo cuando abre el manuscrito y hace que se borre todo el contenido. También son sugerentes y misteriosos Irene, la novia colombiana de Dante, dueña de una floristería, y Jorge Rodríguez, un contable de la misma nacionalidad que muere en extrañas circunstancias atropellado por un vehículo.
No puedo ni quiero seguir desvelando más aspectos de la trama de “El manuscrito”. Es necesario que todo aquel que disfrute de la buena literatura la lea. Blanca Miosi está consiguiendo con su buen hacer un puesto muy importante en el mundo de los buenos escritores. La novela está siendo todo un éxito de ventas en Amazon, y eso demuestra que tiene tirón, que engancha, que atrae y que entretiene. Es algo más que un best seller al uso, con esos personajes planos a los que nos tienen acostumbrados muchos escritores posiblemente de más renombre que Blanca, pero de infinitamente menos profesionalidad. Malos muy malos y buenos que de tan buenos parecen imbéciles profundos. Los personajes de Blanca tienen mil matices. Pueden ser corruptos y hacérsenos simpáticos, pueden ser honestos y mantener un halo de hipocresía. Hasta el mismo Mengele se nos hace simpático en algún momento del encuentro… Pero no quiero desvelaros más amigos. Os invito a sumergiros en la lectura de esta magnífica novela, y a esperar con ilusión y curiosidad esa segunda parte que anticipa el final de la primera. Seguro que Blanca está ya trabajando en ella.

sábado, 10 de diciembre de 2011

La anciana que nunca jugó al tenis. Zidrou


Creo que ya lo he mencionado en varias ocasiones. Existen bastantes libros de historietas que superan con creces a muchas grandes obras de la literatura. De hecho, una buena historieta no tiene porqué dejar de ser literariamente bella, incluso más que la palabra escrita, si el dibujo y el guión se ponen de acuerdo para contar una buena historia. “La anciana que nunca jugó al tenis” se puede encuadrar en este grupo con todo merecimiento.

Componen el libro quince historias con guión de Zidrou, un excelente autor francés que ya me sorprendió muy agradablemente con “Lydie”, una entrañable historia con regusto retro ilustrada por Jordi Lafebre, un dibujante nacido en Barcelona, que concentra en los ojos de los personajes un sentimiento que no había visto hasta ahora.

Precisamente es Lafebre quien firma la primera historia del libro, “Coltrane”, en la que un anciano recoge en su casa a su nieto, un joven desgarbado que acaba de salir de la cárcel y al que le gusta tocar el saxofón. Desde la primera viñeta, desde el primer diálogo, se intuye ya que estamos ante una obra maestra. “Coltrane” transcurre con fluidez, gracias al ágil trazo de Lafebre y al buen hacer literario de Zidrou. Un ambiente entrañable, rural, con la sonrisa siempre presente de un abuelo que se desvive por su nieto. Es la última viñeta de esa historia la que te cruje el corazón. Un simple dibujo, sin palabras, resume de repente toda la esencia de “Coltrane”, te hace pensar que merece la pena seguir leyendo, te emociona hasta el punto de quitarte el sombrero y rendirte a la magnífica imaginación de un autor como Zidrou, que para mí ha alcanzado por sí solo el estatus de gran autor gracias, simplemente, al final de esa historia, sin dramatismos y sin alharacas, pero que supone un aldabonazo en la conciencia.

Piensas mientras lees que va a resultar imposible superar la carga emocional que posee “Coltrane”, y sigues pensándolo mientras lees “Vivaldi”, una historia de cuatro páginas, dibujada por Maly Sirl, en la que un hombre sordo tiene un canario que ha ganado varios concursos de canto. “Vivaldi” es una pieza corta, pero encierra una gran carga de filosofía. Termina con una sentencia cargada de razón, pero no es lo mismo que “Coltrane”, no. Definitivamente, resulta imposible superar esa historia.

Hasta que llegas a “Las quemaduras”, ilustrada por Simon Hureau.

“La vida es como las piscinas. Siempre hay alguien para enseñarte a nadar, pero nunca encuentras a nadie que te enseñe a ahogarte”. Con una frase tan demoledora y cierta como esta, empieza una historieta que te hace recapacitar, que además de emocionar, obliga a valorar a esos héroes, a esas personalidades fuertes a las que no les importa nada con tal de ayudar a alguien, a las que anteponen sus sentimientos hacia otra persona por encima de cualquier otra consideración. Hoy en día es sencillo ser egoísta, trepar en la escala laboral pisando a quien sea, reflejar actitudes racistas y violentas, mostrar los prejuicios a las primeras de cambio… Todo eso es lo fácil, lo normal, lo bien valorado. Lo complicado, lo verdaderamente admirable, es despojarse de todas esas miserias, producto del miedo, de los complejos y la cobardía, y vivir, y vivir mirando y entendiendo al de al lado, compartiendo sus alegrías, pero también sus tristezas. Vivir con integridad y con criterio, sin ese afán de pertenecer al rebaño que algunos adoptan como filosofía de vida. Eso es lo verdaderamente admirable. Los que viven así son los verdaderos héroes, los que tienen un par de narices para hacerle frente a la vida, y eso es lo que posee “Nutella”, el personaje principal de “Las quemaduras”, un policía de color que se llama así porque de niño ganó un concurso que consistía en pagarle su peso en botes de “nutella”, con la que invitó a todos los niños del barrio. Sin sentimentalismos, sin grandes dramas, con esa elegancia que destila Zidrou, la historia os desgarrará el corazón. Estamos de nuevo ante la maestría para conseguir desbordar el sentimiento. Una maravilla de guión. Aunque el trazo no sea tan sugerente como el de Lafebre, tiene la fuerza necesaria para transmitir.

Llegamos a un intermedio, creo que necesario. Se trata de “La intimidad”, un pequeño descanso en el camino. Un retazo en la vida de una pareja, de dos páginas, ilustrado por Homs, un autor al que voy a seguir a partir de ahora, porque me encanta su manera de dibujar.

“Pollos asados”, dibujada por Pedro J. Colombo, nos cuenta la historia del sueño de un hombre que abre un asador de pollos con toda su ilusión, y que ve cómo se derrumba el negocio con la misma ilusión. Muy buena, no tiene sin embargo la carga emocional de “Coltrane” o “Las quemaduras”, pero se deja leer muy bien y encierra esos toques de nostalgia que tanto enriquecen las historias de Zidrou, como la tienda de discos de vinilo.

La línea clara de Laurent Van Beughen, que me recuerda en muchas ocasiones a Hergé, nos sumerge en una historia de gran carga emocional en cuatro páginas. Otra vez nos encontramos con el corazón encogido al acabar de leer.

La siguiente historia se deja leer. “París, Berlín, Amsterdam, Tourgny-Sur-Vielle” nos cuenta los encuentros a lo largo del tiempo de cuatro amigos. Entrañable, me recuerda a la película “Héroes”.

La segunda escena de “La intimidad”, de Homs, nos hace despertar una sonrisa. Un suceso anodino y cotidiano termina de la forma más placebtera para sus dos protagonistas. Dos páginas cargadas de amor, con varios toques de ironía muy bien colocados.

Las dos siguientes historias, “La anciana que nunca jugó al tenis” y “El balcón”, son las más flojas para mi gusto. Buenas en sí mismas, y muy bien ilustradas, no alcanzan sin embargo la categoría de sus compañeras de libro. No sucede lo mismo con la siguiente, “Visita al cementerio”, un pasatiempo de dos páginas dibujado de nuevo por Laurente Van Beughen. La clásica historia de despiste, sin palabras, en la que no sucede lo que parece que va a suceder, con final sorprendente.

Y llegamos así a “Arthur”, ilustrada por Simon Hureau. Posiblemente sea esta historia la que más acongojado me ha dejado en toda mi vida, y no lo digo por decir. Aquí sí que se demuestra el valor y el coraje de un ser humano absolutamente digno de admiración. Un personaje al que el dibujante nos presenta con rasgos duros, un poco insolentes incluso, y que sin embargo tiene un gesto que te provoca una catarsis emocional incontrolable. Historieta no apta para cardiacos y para individuos de lágrima fácil, aviso.

Después de “El View Master” (a más de uno le sonará el título), una historia en la que lo más destacable es el esparcimiento de las cenizas de un difunto en el lujoso salón de la casa en la que servía, y de la tercera entrega de “La intimidad”, de Homs, llegamos a “Sopa de zanahorias”, ilustrada de nuevo por Jordi Lefebre, y en la que nos encontramos al personaje de “coltrane”, la primera historia del volumen. El círculo se cierra. La vida continua. Personas que se habían desencontrado se encuentran de nuevo, y probablemente vuelvan a separarse en el futuro. Esa es la ley de la vida. Cierras el volumen con una bobalicona sonrisa dibujada en el rostro, sintiéndote como uno de los personajes del libro. Acabas con esa placentera sensación de haber leído algo maravilloso, que todo el mundo debería conocer, y es a causa de ese sentimiento de esa necesidad que me entra de vez en cuando de propagar a los cuatro vientos todo aquello que considero interesante y gratificante para el alma, por lo que me he puesto a escribir esta entrada.

Se acercan fechas de regalos, para nosotros mismos y para nuestros seres queridos. Os aconsejo que reservéis un hueco para esta magnífica joya de la literatura y del buen cómic. Os aseguro que no os arrepentiréis.




lunes, 19 de octubre de 2009

"El legado", de Blanca Miosi


Ayer terminé de leer “El Legado”, de Blanca Miosi. Tengo que confesar una vez más que me encanta la forma de escribir de esta magnífica escritora residente en Venezuela. Ya me ocurrió con “La búsqueda”, otra novela suya, unas memorias más bien, en la que se cuentan los avatares que sufrió su marido durante la Segunda Guerra mundial, años terribles en los que llegó a estar incluso cautivo en Auschwitz.
Si “La búsqueda” me cautivó por su componente humano, capaz de ponerte la carne de gallina en cada página, “El legado” me ha gustado, además, por el componente histórico que refleja, la época convulsa de auge del nazismo, desde sus inicios, prácticamente nada más terminar la Primera Guerra Mundial, hasta el trágico final de su fundador, Adolf Hitler, en el búnker de Berlín.
¿Es posible reflejar algún rasgo humano del dictador más terrible que ha tenido la humanidad? Todos sabemos de sobra quien fue Hitler. Tenemos clavada en la memoria su imagen, aparentemente calmada, durante la celebración de los juegos olímpicos de Berlín en 1936. En aquella ocasión resultaban incluso entrañables sus gestos de viejo refunfuñón ante la implacable superioridad del atleta de color Jesse Owens. Seguro que la mayoría de nosotros recuerda también esa imagen suya, tan repetida e incluso parodiada por Charles Chaplin en su monumental película “El gran dictador”, de un Hitler al borde del colapso, gritando y escupiendo consignas destructivas frente al micrófono, ante una muchedumbre de miles y miles de personas. Le recordamos también sonriente, tendiendo la mano en Hendaya a Francisco Franco. Son las imágenes clásicas de un individuo que paralizó el corazón a millones de personas en todo el mundo.
Los que hemos sentido fascinación por el personaje y lo que supuso en la historia de Alemania y del mundo, podemos manejar algún otro dato, como las innumerables películas que se han hecho sobre su trayectoria (“El hundimiento”, las dos o tres versiones de “Valkiria”, la ya mencionada “El Gran Dictador”, “Los últimos días de Hitler”, “El búnker”, la imprescindible “ser o no ser”...), o algunos otros libros buenos, como “El huevo de la serpiente”, de César Vidal, o “Crónicas desde Berlín”, de Eugenio Xammar, una joya que explica desde su gestación la llegada al poder de Hitler, reflejando a la perfección la tristeza y decadencia en la que había quedado sumida la Gran Alemania tras la Primera Guerra Mundial.
Blanca Miosi consigue con “El legado” ir todavía más allá. Es capaz, con ese estilo claro y directo que la caracteriza, de mostrarnos otros aspectos del monstruo, su lado digamos “humano”, puesto así, entre comillas, porque de humano, precisamente, el amigo Adolf tenía más bien poco.
A través de la historia de Hanussen, un personaje real que ayudó a Hitler en su escalada hacia lo más alto, Blanca construye una trama perfecta, fascinante y sumamente atrayente. Resulta casi imposible dejar la novela hasta acabarla por completo. Confieso que mi opinión podría resultar ligeramente subjetiva, porque como ya he dicho, siempre me ha atraído esa parte de la historia de la humanidad, esa locura colectiva que empujó a millones de personas no sólo a seguir como borregos a un líder mesiánico, sino a morir por él, o a exterminar sin ningún escrúpulo a todo aquel que fuera judío. Jamás he conseguido explicarme cuáles pueden ser los mecanismos que pueden lograr que un individuo de esa clase se perpetúe en el poder, y Blanca nos brinda unas cuantas claves en ese sentido.
Simbología, psicología, orden, uniformidad, voz potente y sin vacilaciones... Hanussen le muestra a Hitler uno a uno los mecanismos para convertir a las masas en simples comparsas de los deseos de su dictador. Hanussen consigue fortuna y prestigio entre los poderosos que rodean a Hitler gracias a su poder de predicción y a su singular psicología.
Del fruto de la relación secreta entre el dictador y Alice, la hija de Hanussen (uno de los aspectos humanos a los que me refería antes, sin dramatismos y sin excesos, pero sumamente atrayente), nace Sofía, la hija de Hitler a la que hace referencia el título de la novela. Hanussen, que ha sido capaz de moldear el carácter y la personalidad de su discípulo, resulta sin embargo incapaz de controlar la maldición que le predijo en su momento Welldone, un misterioso personaje que le había enseñado los secretos del ocultismo.
Resulta enriquecedor alternar la historia del nazismo en toda su extensión, desde esa prevención de Hindenburg al otorgar plenos poderes a Hitler (me parece magistral esa media sonrisa del dictador ante el vetusto canciller alemán), hasta el trágico final en el búnker del Reichstag, con la trama concerniente a la descendencia de los dos hombres, Hanussen y Hitler. No quiero adelantar nada, por supuesto, pero os puedo asegurar que, una vez inmersos en la historia que con tanto arte despliega Blanca ante nosotros, no podréis abandonar el libro.
¿Cómo cae en desgracia Hanussen ante Hitler? No resulta extraño, pues salvo los dos o tres privilegiados que le acompañarían hasta las mismas puertas de la muerte (Goebbels sobre todo), era muy normal que todos los colaboradores cayeran más tarde o más temprano en desgracia a los ojos del dictador. Hitler fue quemando etapas hasta el final, sin importarle ni un ápice dejar cadáveres en el camino, y el de Hanussen fue sin duda uno de ellos. El ocultista profetizó el incendio del Reichstag, que se produjo efectivamente, y aquello fue el detonante de su caída en picado ante los ojos del fuhrer. Poco después, la historia real nos dice que Hanussen fue asesinado por las SS, y abandonado su cuerpo en un bosque de Alemania. Es ese punto en el que acaba la realidad, y comienza la fascinante leyenda que nos propone Blanca Miosi.
Como la escritora profesional que es, Blanca maneja a la perfección los cambios de criterio que nos plantea en su novela. Al tiempo que describe con sobriedad y rigor histórico los avatares del nazismo, cambia el ritmo al contarnos las peripecias de Hanussen, Hitler, y la descendencia de ambos. Frases cortas, directas a los sentidos, con un ritmo inmejorable, sin concesiones. Un estilo personal que crea en nuestra imaginación la correspondiente recreación cinematográfica. Esa es precisamente la grandeza de Blanca como escritora. Por un lado, su desbordante imaginación y rigor. Por otro lado, su capacidad de humanizar a personajes a priori inhumanos. Por otro lado, su facilidad para recrear hechos históricos vistos desde un punto de vista tan respetable como singular. Por otro lado... Podría pasarme horas analizando los aspectos que más me atraen del estilo de Blanca. Sólo puedo deciros que me gustan sus novelas, y que esperaré con ansiedad su próximo lanzamiento.
“El legado” está resultando un indudable éxito, tanto de crítica como de ventas. En esta ocasión sí que digo con toda la razón que esta entrada no es más que mi humilde opinión, ya que Blanca ha recogido en su página críticas y comentarios de escritores y lectores infinitamente más prestigiosos que yo. Resulta una delicia escuchar su voz en las innumerables entrevistas de radio que ya le han hecho, o en el vídeo de presentación de la novela que podéis ver en youtube. Por si os apetece profundizar un poco más en el mundo de “El legado”, os invito a visitar su página en el siguiente enlace:
http://ellegadoporblancamiosi.blogspot.com/
Os aseguro que no os defraudará. Y nos ayudará también sin duda, porqué no, a esperar el próximo lanzamiento de Blanca, que seguro que se convertirá también por méritos propios en un rotundo éxito.

domingo, 11 de enero de 2009

La elegancia del erizo. Muriel Barbery


El jueves pasado terminé por fin una novela que había comenzado con bastante entusiasmo a mediados de Septiembre, para dejarla más o menos congelada en la página 70 desde entonces, retomarla el jueves y finalizarla ese mismo día. ¿Las razones de la congelación?. Creo que resultan sencillas: no es una novela que desde el principio enganche. Es más: el principio resulta bastante aburrido, con tantas y pretenciosas referencias a Kant, Marx, Engells y otros, que te dan ganas de tirar el libro cada vez que René, la portera que oculta una profunda personalidad, toma la palabra.

Como supongo que a estas alturas muchos de vosotros ya conoceréis el libro, creo que voy a resumirlo en dos palabras, para los que no lo hayan leído todavía. Repito que es un libro muy denso al principio (siempre bajo mi modesta opinión, por supuesto), que gana mucho a medida que nos vamos adentrando en la página 100, más o menos, y que para mi gusto tiene un final catastrófico y cogido por los pelos, como si alguien le hubiera dicho a Muriel Barbery “Venga, acaba ya, que llevas más de doscientas páginas, y algo más largo resultaría impublicable”. No me puedo explicar, si no es por esa razón, un final tan terrible y tan injusto, sobre todo porque toda la novela transcurre por el camino de la comedia, y uno se queda con la boca ante el cambio de registro que supone el final, que no voy a desvelar por deferencia hacia los que no lo hayáis leído.

El caso es que un lujoso inmueble de París habitan dos personas de una gran cultura y con una personalidad muy por encima de lo que se considera normal. René, la portera, es una mujer que pasa de los cincuenta, que se siente fascinada y aturdida ante la belleza de un cuadro de la escuela holandesa, la música clásica o cualquier libro de Toltoi, en especial “Ana Karenina. Paloma es una chica de doce años con una inteligencia muy por encima de lo normal y un sentido común que apabulla. ¿Qué tienen estas dos personas en común?. Pues que las dos se han convertido en dos solitarias, porque quieren, a toda costa, que nadie descubra su verdadera personalidad. Ocultan con celosa obsesión sus gustos, su cultura, su inteligencia, porque consideran que el mundo no está preparado para asumirla. Casi hacia el final del libro nos enteraremos de los motivos de René para no querer salirse de su rol de portera, para mantener el cual no duda en cocer repollo, “porque en todas las porterías huele a repollo”, según sus propias palabras, mientras ella se complace en degustar verdaderas delicatessen culinarias, sola o en compañía de su amiga Manuela, una asistenta portuguesa experta en cocinar unos dulces esplendorosos.

En cuanto a Paloma, su caso es diferente. Está tan asqueada de su superficial familia, y en especial de su hermana Colombe, que ha decidido transcribir todo lo que le pase por la cabeza antes del 16 de junio, fecha en la que cumple trece años. Ese día se suicidará después de quemar su casa. Así de sencillo.

El libro transcurre pues alternando las intervenciones de René y de Paloma. Es muy de agradecer, en la edición de Seix Barral, que la letra de cada una de ellas sea diferente. Resulta sencillo de ese modo dictaminar si la que habla es Paloma o René. Resultaría interminable elaborar una lista de las referencias culturales que salpican el libro, tanto por parte de una como de la otra. Manga, cine, literatura, pintura...Las dos mujeres saben distinguir la belleza cuando se presenta ante ellas, y cuanto más sutilmente, mejor.

A la casa llega un jubilado japonés, Kakuro Ozu, emparentado lejanamente con Yazujiro Ozu, el famoso director de cine del que René es una ferviente admiradora. Desde el primer momento, Kakuro intuye que René oculta una personalidad más profunda de lo que aparenta, y consigue la complicidad de Paloma para averiguar más sobre el asunto. Paloma, que siente una especial fascinación por todo lo japonés, se presta encantada a ese juego, y acaba coincidiendo con René, quien le explica, en uno de los capítulos más emotivos que haya leído nunca, que su obsesión por no mezclarse con la élite, a la que pertenece Kakuro, se debe a que una hermana suya fue seducida y abandonada por un hombre rico después de dejarla embarazada. Y no cuento más, porque a partir de ese momento sería algo así como destriparos una historia que tenéis que leer.

Hay dos pasajes en el libro que me causaron una profunda impresión. El primero transcurre cuando Paloma va a casa de Kakuro a tomar el té por primera vez.

“Bueno, esta es una típica conversación de adulto, pero lo bueno con Kakuro es que todo lo hace con educación. Es muy agradable oírlo hablar, aunque te traiga sin cuidado lo que cuenta, porque te habla de verdad, se dirige a ti. Es la primera vez que conozco a alguien que se interesa por mi cuando me habla: no espera aprobación ni desacuerdo, me mira con una expresión como si estuviera diciendo: “¿Quién eres? ¿quieres hablar conmigo? ¡Cuánto me gusta estar contigo!” A eso me refería cuando hablaba de educación, esta actitud de alguien que le al otro la impresión de estar ahí”.

Es uno de los pasajes, entre otros muchos, en los que Paloma expresa su rabia hacia la falta de escuchar a los demás que presiden las relaciones hoy en día. Ella es capaz de escuchar, y se jacta de ello, y disfruta cuando escucha a alguien que la trata con educación.

El otro pasaje es algo que siempre me ha estado dando vueltas a la cabeza, y que Muriel Barbery ha reflejado con una profesionalidad y una agudeza que me ha hecho quitarme el sombrero de verdad. Se refiere a la forma de pensar de los adolescentes, pero dejémosla hablar a ella, a través, otra vez, de su personaje, Paloma:

“En mi colegio se puede comprar de todo: ácido, éxtasis, coca, speed, etc. Cuando pienso en los tiempos en los que los adolescentes esnifaban pegamento en el cuarto de baño... No era nada comparado con lo de ahora. Mis compañeros de clase se colocan con pastillas de éxtasis como si fueran caramelos, y lo peor es que, donde hay droga, hay sexo. No os extrañéis tanto: hoy en día los jóvenes tienen relaciones sexuales muy pronto. Es muy desalentador. Primero, porque yo creo que el sexo, como el amor, es algo sagrado. Si yo viviera más allá de la pubertad, sería para mi muy importante hacer del sexo un sacramento maravilloso. Segundo, porque un adolescente que juega a dárselas de adulto no deja de ser un adolescente. Imaginar que colocarse los fines de semana y andar acostándose con unos y con otros va a hacer de ti un adulto es como creer que un disfraz hace de ti un indio. Y tercero, no deja de ser una concepción de la vida un poco extraña querer hacerse adulto imitando los aspectos ma´s catastróficos de la edad adulta... A mi, haber visto a mi madre chutarse antidepresivos y somníferos me ha vacunado de por vida contra ese tipo de sustancias. Al final, los adolescentes creen hacerse adultos imitando como monos a los adultos que no han pasado de ser niños y que huyen ante la vida. Es patético. Aunque bueno, si yo fuera Carelle Martín, la tía buena de mi clase, me pregunto que haría todo el día aparte de drogarme. Ya tiene el destino escrito en la frente. Dentro de quince años, después de haberse casado con un tío rico solo por casarse con un rico, su marido le pondrá los cuernos porque su perfecta, fría y fútil esposa habrá sido del todo incapaz de darle, digamos, algo de calor humano y sexual”.

Tengo un hijo adolescente que, por suerte para mi, no quiere dejar todavía de ser un niño, y espero que no lo quiera nunca, pero conozco casos de muchachos de su entorno que parecen tener prisa en pasar a ser adultos, y creo que este párrafo define a la perfección la tristeza de esa actitud. Sobre todo en el caso de las chicas. Resulta muy sugerente fardar en clase de que se conoce a un muchacho cinco o seis años mayor, que viene a buscarla en moto, que fuma, etc, pero no se dan cuenta de que ese chico, cinco o seis años mayor que ellas, no va buscando otra cosa que lo que no ha podido conseguir con chicas de su edad, debido a su patética personalidad, o a una necesidad manifiesta de dárselas de importante ante personas de un nivel muy por debajo del suyo. Soy de los que sufrieron en sus carnes situaciones de ese tipo, ya que ni mis compañeros ni yo teníamos ni los medios ni la pasta como para competir con esos veinteañeros engominados que se llevaban a nuestras compañeras de quince sin que nosotros pudiéramos impedirlo. Aunque solo sea como revulsivo para ese trauma de mi adolescencia, la verdad es que ese párrafo me pareció perfecto.
Un libro, en definitiva, que no os dejará indiferentes, os lo aseguro.

jueves, 11 de diciembre de 2008

150 Cocktails for you. Michael P. King


Resulta difícil encontrar una obra maestra entre los que se podrían denominar libros prácticos, o libros en general que se salen del campo puro y duro de la literatura o del ensayo. Resulta arriesgado también recomendar un libro, para los teóricos amantes de la literatura que frecuentan este blog, que en principio, y solo en principio, nada o muy poco tiene que ver con la literatura. En esta ocasión, os presento una auténtica obra maestra, un libro que tiene mucho que ver con literatura, y con muy buena literatura, además, que habla básicamente de los orígenes, la historia y todos y cada uno de los elementos que componen un buen cocktail, y que además nos brinda la oportunidad de conocer, practicar su elaboración y poder deleitarnos con nada menos que ciento cincuenta de los más famosos.

Michael P. King ha compuesto una auténtica sinfonía para los sentidos, de una manera profesional, admirable, rigurosa, respetuosa y sobre todo, y eso es algo que se detecta desde las primeras líneas, muy humana. Su manera de enfocar el tema de los cocktails, que para cualquiera que se asomara desde la distancia y el desconocimiento podría parecer un tema superficial o poco sugerente, consigue atrapar tanto a los iniciados en este fascinante mundo, como a los auténticos profanos, entre los que no me importa reconocer públicamente que me encontraba yo mismo hasta la lectura, detenida y tranquila, de esta gran enciclopedia dedicada al placer de beber una buena copa. He descubierto con la lectura de “150 cocktails for you” que existe vida, o más bien bebida, después de los famosos “Margarita”, “Mojito”, “Daiquiri” o “Destornillador”, por nombrar unos cuantos, los que constituían hasta ahora mi bagaje en este fascinante mundo.

Ya desde la introducción detectamos a primera vista la profesionalidad, el respeto, y sobre todo el amor que ha puesto Michael P. King al escribir estas líneas. Se nos presentan en la misma, de forma atrayente, algunas pinceladas de lo que nos vamos a encontrar al proseguir la lectura. Como singular muestra de que no nos encontramos ante un simple libro de recetas para elaborar bebidas alcohólicas, el autor nos cuenta una jugosa anécdota:

“El gran académico francés Jean Cocteau, apasionado de este tipo de bebidas, consciente de que su apellido no podía ser el plural de cocktail, muy a su pesar, lo compensaba comentando que si no hubiese sido escritor, habría sido barman”.

Pasamos tras esta sugerente introducción a la parte en la que se nos narra la historia de la palabra “cocktail”, sus orígenes y las leyendas relacionadas con ella. Nos enteramos así de que en las peleas de gallos, por ejemplo, era costumbre del propietario del gallo vencedor reclamar la cola del gallo vencido, con las palabras “let´s have a drink on the cock tail” (bebamos en la cola del gallo), y de que en las tabernas de la región francesa de Bordeaux se despachaba una mezcla de bebidas que se servían en una jarra llamada “coquetel”, y de otros muchos posibles orígenes, entre los que Michael P. King nos brinda amablemente la posibilidad de escoger el que más nos guste.

Hemos llegado así a la página 13. Después de unas cuantas definiciones, nos encontramos con un curioso “decálogo del barman”, del que entresaco, por sugerentes, unas cuantas frases:

- La misión del barman es alegrar, no embriagar
- Habla lo necesario, no escuches lo ajeno y olvida las confidencias
- Haz del cliente un amigo y no del amigo un cliente

A continuación se nos muestran en unas tablas la relación completa de los 150 cocktails que nos vamos a encontrar. En dicha tabla se muestran ya, como anticipo, algunas de las características de las bebidas analizadas, como son el nombre, el tipo (after dinner, before dinner, long drink y fancy drink), el recipiente en el que se prepara, y el porcentaje de alcohol, entre otros datos interesantes. Hasta la página 28 nos pormenoriza el autor los utensilios empleados para la elaboración de las mezclas, los recipientes en las que se sirven, las clasificaciones en cuatro grandes grupos, una clasificación de los ingredientes más utilizados y una referencia muy interesante a la I.B.A (International Bartenders Asociation), una asociación encaminada a difundir y estandarizar el mundo del cocktail, a nivel mundial y entre sus asociados. Toda esta parte está profusamente ilustrada, con dibujos correspondientes a cada recipiente o utensilio utilizado, así como ilustraciones que cierran o abren los diferentes capítulos.

Después de una referencia histórica al origen de las bebidas alcohólicas y al grado alcohólico de las mismas, nos introducimos de lleno en uno de los apartados más profusos del libro: el correspondiente a los ingredientes. De manera pormenorizada, rigurosa y sistemática, el autor nos relaciona todos y cada uno de los componentes de los cocktails analizados, explicando su origen, su historia, y reflejando en un cuadro final el cocktail que se puede preparar con dicho ingrediente y la página en la que se encuentra. Teniendo en cuenta que este apartado discurre entre la página 31 y la página 115, podéis haceros una idea de la importancia y la rigurosidad que el autor ha querido transmitirle.

Pasamos, después de un preámbulo y un glosario, a las fichas de los cocktails propiamente dichas. Cada ficha ocupa una página, y viene encabezada por una imagen del cocktail en cuestión, un cuadro en el que se resumen los ingredientes y las proporciones de los mismo, el nombre de la bebida, y unos cuantos datos interesantes (el tipo, el sabor, el grado de alcohol, el país de origen y si está o no homologado por la IBA). Después de la ilustración correspondiente al recipiente en el que se sirve, se nos pormenoriza la forma de prepararlo y la historia del mismo. Todas las fichas vienen por orden alfabético, y os puedo asegurar que resulta fascinante el origen de las bebidas a las que hacen referencia las fichas. Resulta complicado no correr a la cocina a preparar cada una de las mezclas, os lo aseguro, lo que sin duda supondría un grave deterioro para nuestra salud, pero un placer para los sentidos si lo hacemos con la moderación requerida para estas cosas.

En la página 271 comienza uno de los capítulos que más me atrajeron del libro desde un principio: la galería de famosos y grandes bebedores (“Seguro que no están todos los que lo fueron, pero si lo fueron todos los que están”, nos dice Michael). Aquí, nos cruzamos con Churchill, Bogart, Luis Buñuel, Truman Capote, Faulkner, Dean Martín, Hemingway, por supuesto, y otros muchos de los que, aparte de contarnos su singladura vital, Michael P. King nos desgrana, al final de cada apartado, jugosas anécdotas del personaje relacionadas con sus encuentros con el alcohol. La elegante forma que ha elegido el autor para esta parte, resaltando en negrita ese aspecto lúdico de cada uno de los famosos analizados, atrae al lector como un imán, ávido de descubrir el lado etílico de sus admirados e inmortales personajes. Son tantos, de hecho, que hemos llegado, disfrutando del placer de la lectura, hasta la página 311 nada menos, en la que el autor cierra el libro con unas cuantas frases célebres relacionadas con el tema que se ha tratado a lo largo de toda la obra.

El libro está publicado de momento en Bubok, esperando el momento, que no me cabe ninguna duda de que no va a tardar mucho, en que alguna editorial importante se interese por el. El enlace del mismo, para que corráis ahora mismo todos a comprarlo, es el siguiente:

http://www.bubok.com/libros/5481/150-Cocktails-For-You

Aunque a priori pudiera parecer que el precio es excesivamente caro, no resulta así si caemos en la cuenta de que se trata de un libro de más de trescientas páginas, editado a todo color con ilustraciones y en un formato din A4. Siempre os queda también la posibilidad de adquirirlo en su versión en pdf, mucho más asequible, pero sin duda no tan sugerente como la soberbia edición encuadernada.

No me queda mucho más que decir. Comentaros simplemente que he disfrutado profundamente con la lectura de este libro, que sobrepasa con autoridad la clasificación de libro práctico, para alcanzar por méritos propios la categoría de auténtica obra maestra. Mi más cordial enhorabuena a Michael P. King por haber sabido conjugar con tanta maestría los ingredientes históricos, literarios y lúdicos con los que contaba. Nos ha demostrado a todos que no solo sabe mezclar con profesionalidad licores y otros líquidos, sino también emociones, sentimientos y toda clase de recursos literarios.

jueves, 7 de agosto de 2008

La búsqueda. Blanca Miosi


Siempre me ha invadido un gran desasosiego al enfrentarme a temas relacionados con la crueldad humana en cualquiera de sus manifestaciones. Me ocurre debido al sufrimiento que me han provocado siempre películas como “Missing”, de Costa Gavras, “Gallipoli”, de Peter Weir, “La lista de Schindler” o, más recientemente, “El pianista”. Son películas que he visto una vez, me he rebozado en el horror durante su visión, y dudo que vuelva a verlas otra vez, a menos que lo hiciera para mostrarle a mi hijo de lo que puede llegar a ser capaz el ser humano cuando la locura de la sangre se apodera de el.

Tuve el primer contacto con el horror cuando leí “Odessa”, ya comentada en este blog, novela en la que se relata la trayectoria de un superviviente del holocausto. He leído infinidad de artículos y libros en los que se contaba la tragedia, esa y otras, como las barbaries perpetradas en las dictaduras de Pinochet, los militares argentinos o el mismísimo Pol Pot en Camboya.

Puede que fuera esa especie de aprensión ante el horror una de las razones que me han llevado a retrasar, de forma quizá inconsciente, la lectura de “La búsqueda”, de Blanca Miosi. Utilizando autoexcusas como la falta de tiempo o motivos familiares, relegaba la lectura de un libro que compré hace más de seis meses.

No sé realmente cual fue el motivo que me empujó a cogerlo de la estantería antes de ayer. Quizá se tratara de mi reciente viaje a Alemania, o de la atractiva portada, tantas veces vista y otras tantas abandonada de nuevo. El caso es que empecé a leerlo...

Y amigos, os juro que no pude parar.

De no ser por razones de todos conocidas como son el trabajo o las necesidades físicas que nos suelen acompañar, habría acabado con el libro el mismo día. No pudo ser, y lo terminé anoche. Anteayer tuve que cerrarlo finalmente a las dos de la madrugada, con grave perjuicio para mi rendimiento laboral del día siguiente.

¿Qué es lo que tanto me atrajo de la historia de Waldek Grodek, tan magistralmente narrada por Blanca Miosi, como para no poder despegarme del libro hasta acabarlo?. Después de razonar durante bastante tiempo, he llegado la conclusión de que lo que más me atrajo del libro fue un aspecto muy simple: su sencillez. Los aspectos que nos narra Waldek en sus memorias están filtrados por su especial visión, una visión sencilla, sumamente humana y en ciertos aspectos bastante inocente. Waldek parece conservar para siempre esa inocencia que le hace sentir fascinación, de niño, ante los uniformes militares que, en un gran desfile en una gran avenida de su querida Polonia, rinden homenaje al monstruo que desencadenó esa gran tragedia para la humanidad.

Existen otros libros posiblemente más conocidos sobre las vivencias en un campo de concentración, pero el que nos escribe Waldek es sin duda uno de los más humanos que jamás haya leído. El mismo Waldek nos dice en varias ocasiones que no cree en la política, que desconfía de unas personas que, sin ningún remordimiento, permitieron a Hitler destruir casa por casa, piedra por piedra, la ciudad de Varsovia. Ese desprendimiento del matiz político, se refleja en sus escritos, tanto en los referidos a sus tiempos en los campos de Gusen y Mauthausen como en los que nos cuenta sus peripecias en Francfurt con su amigo Stefan como su salto a ese “paraíso de palmeras y mujeres” que constituía para Waldek el Perú. Por poner un ejemplo de lo que quiero decir, creo que otras joyas reconocidas de la literatura universal, como “Vida y destino”, “Archipiélago Gulag” o “Doctor Zhivago”, se pierden tanto en disquisiciones políticas y descripciones de los artífices de la tragedia (Hitler, Stalin, Trujillo...) que llegan a aburrir un poco al lector que busca más el lado humano del infierno, un matiz del que “La búsqueda” anda más que sobrada.

Resulta también sumamente fascinante la capacidad de Waldek para analizar el alma de cada persona que se cruza en su camino, por encima de cualquier otra consideración. Valora en gran medida a Neumann, el médico alemán que le salva la pierna incrustándole un trozo de hueso de un cadáver también alemán. Se enamora de Helga, una mujer de oscuro pasado nazi, y nos dice, en una inolvidable frase del libro, que recuerda la actitud reflejada en la película “portero de noche”, que “parecía que ella supiese pulsar en mi el vestigio del Waldek sumiso de los días de Mauthausen”. Waldek está muy por encima de la mera catalogación a la que solemos someter a nuestros semejantes. Es siempre capaz de encontrar el lado humano de quien le trata, desde el árabe embaucador y sin embargo simpático que conoce en Perú, hasta el mismo Kéller, un ex agente de la Gestapo que le acoge como a un hijo. Como reciprocidad a su condescendiente y amable naturaleza, es cierto también que Waldek ha tenido la gran suerte de conocer, incluso en el interior del infierno, a gente buena que le ayuda a sobrevivir, como la joven prostituta que le llama cuando quiere arrojarse a las alambradas electrificadas para acabar de una vez con todo después de recibir una brutal paliza, hasta Krulik, el técnico de la fábrica de aviones que le ayuda, pasando por Mónica, la mujer que le cura el paludismo en Perú.

A lo largo de su periplo vital, y de su “búsqueda”, Waldek pasará de la riqueza “a las más altas cimas de la pobreza”, como diría Groucho Marx, sin importarle un carajo su situación. Se sabe capaz, después del infierno vivido en su juventud, de solventar cualquier situación en la vida, por muy adversa que esta sea. Lleva con la misma elegancia un traje forrado de billetes en Nápoles que un mono de color gris en Perú. No es su aspecto lo que le importa (aunque le ayuda mucho con las mujeres, no cabe duda), sino su alma, su forma de ser, esa filosofía particular que le permite caminar con la cabeza alta en cualquier circunstancia. No duda un momento en quedarse con una mano delante y otra detrás para librarse de un matrimonio opresivo en Perú, o en acompañar al árabe en sus extraños negocios con telas “Made in England”. No vive la vida, en una palabra: la devora. Es envidiable la forma en que alguien que ha conocido de cerca la muerte se sustrae a ella para vivir intensamente.

El libro nos narra momentos terribles de una forma que les quita en cierto modo carga. Waldek mira fascinado, sin sentir nada, como se retuercen los cadáveres, como si estuvieran vivos, en el horno crematorio. Ha visto ya tanto horror que se ha vacunado contra el. El episodio de las torres gemelas se narra desde su punto de vista, siempre humano, siempre alerta a la supervivencia que ha desarrollado en sus sentidos tanto padecimiento. Este último horror, que le hace desistir en su búsqueda y le convence para siempre de que el mal siempre está acechando, lo vive Waldek al extremo, a punto de morir ahogado por el humo. Es memorable la frase que pronuncia hacia el final de la novela, cuando dice “¿Qué clase de gen de maldad comparten Hitler, Stalin, Bin Laden y tantos otros que han provocado la desdicha y siguen provocando la desdicha de tantos millones de personas? Y lo más extraño de todo: ¿porqué tanta gente los sigue?”. Esto último es algo que me he preguntado en infinidad de ocasiones. El terrorismo no existiría si no hubiera una cantera de fanáticos dispuestos a mantenerlo. Resulta imposible acabar con eso.

Desconozco la aportación de Blanca Miosi a las memorias de Waldek. Hago conjeturas, y me imagino a Waldek, con un vaso de Schnaps o Vodka en la mano, noche tras noche, contándole a Blanca su peripecia vital, que la gran escritora transformará en una bella historia inmortal. Podría ocurrir también que ella recibiera el manuscrito y lo transformara, dotándole de esa fuerza vital que tiene. Podría ser que el manuscrito en si ya tuviera esa fuerza, y que Blanca lo aderezara con algunos pasajes producto de su imaginación. Podría resultar incluso que todo el libro, incluido el personaje, fuera una invención de Blanca...Esta última conjetura se disipa al visitar el blog de la novela y comprobar que Waldek es un personaje de carne y hueso, que conoce a Blanca y que aparece con ella en algunas fotografías. Os invito a visitar el blog, tan magnífico como el libro, en esta dirección:

http://labusqueda-por-blancamiosi.blogspot.com/

Os puedo asegurar que no os defraudará.

Mi más sincera felicitación, Blanca, por esta gran novela, y por favor: no nos hagas esperar mucho hasta tu próxima aportación a la literatura con mayúsculas.